Poco se ha escrito sobre la muerte de José María Martín Patino, que nos dejó el domingo cuando estaba ya a punto de abrochar los 90 años. Con el cura Patino hemos perdido a uno de los grandes hombres de la España contemporánea, a una cabeza formidable, a un jesuita relevante, a un intelectual de fuste. Y aquí estoy, rumiando la escasez de figuras de su nivel en la España cutre que nos entristece y nos apena, como a él hasta la hora undécima.

No era mi amigo, pero le admiré muchas veces desde la coincidencia y otras desde la discrepancia. Siempre he sentido admiración por la gente cabal, honesta, recta. No me pareció nunca un tipo simpático, pero siempre encontré en él a un hombre con una soberbia capacidad de diálogo, sobre la base de que dialogar es en definitiva encontrar espacios comunes de entendimiento o desentendimiento, pero que no conlleva la necesidad de renunciar a ningún principio. Siempre encontré en él a un tipo que iniciaba cada conversación dispuesto a escuchar y dispuesto a dejarse convencer con argumentos. Y solo quienes tienen talento y sabiduría lo practican cada día. Y al final hasta encontré en él hasta un poco de sentido del humor un punto negro y algo británico que me sorprendía por su sequedad inicial.

Estuve creo que cinco veces solo con el cura Patino. Todas ellas en su piso de Velázquez, con solera, donde entre libros te recibía amable y sereno. Nunca olvidaré la vez primera, en la que le abordé para que me ayudara en un reportaje complicado sobre una materia reservada y complicada. Por conocimientos comunes y por su relación con mi padre me ilustró desde la confianza en el off the record. No pretendió influirme, no trató de que mi información fuera favorable a sus tesis en un asunto de Estado. Me contó lo que sabía, me detalló lo que podía utilizar y lo que no y me pidió mi opinión sobre la materia que nos ocupaba. Era un hombre libre que amaba la libertad, por la que tanto había luchado.

Ya han explicado muchos detalles de su trayectoria Fernando González-Urbaneja en esta República de las ideas y Pedro Miguel Lamet en El País. Siempre consideré relevante su papel en la transición, como hombre de diálogo, como firme creyente en la necesidad de superar las dos Españas de las trincheras no desde la revancha, sino desde un sentido de la libertad y de la justicia.

El cura Patino protagonizó muchos episodios clave en la historia de la transición, en el salón de su vivienda se cocinaron muchos acuerdos, se despeinaron muchos enredos y se encontraron muchos espacios intermedios que posibilitaron avances en asuntos de primer nivel de la política española. Nunca buscó protagonismo alguno, pero fue un protagonista activo de episodios que espero que haya dejado escritos en las memorias que perpetraba.

Una pena la muerte del cura Patino. Una pérdida inmensa para todos. Para la Iglesia en general, para los Jesuitas en particular, para la sociedad española toda, tan huérfana de personas libres y con hondura de pensamiento. Buena prueba de donde andamos, de la razón que le acompañaba a él en su tristeza por lo que veía es el escaso espacio que le han dedicado los medios a su muerte. Incluso el desconocimiento que de su persona tienen buena parte de los periodistas y los políticos a los que me he dirigido desde el domingo para pulsar reacciones. Un reflejo de una sociedad que necesita una catarsis no solo política, sino también ética y moral: la nuestra.