Retumba el eco del debate sobre el estado de Rajoy. Porque del Estado de la Nación no se habló en el debate. Lo escribí ayer. En este debate no se habló a fondo de la corrupción, ni de política fiscal, ni de cultura, ni de educación, ni de la abdicación del Rey, ni de la justicia. Ni por supuesto de los severos problemas de cohesión territorial, que nos ha recordado en la hora undécima del patético debate el Tribunal Constitucional, con dos sentencias que anulan por unanimidad el fiasco electoral del 9-N y prohíben futuras consultas secesionistas.

El debate sobre el estado de Rajoy, y Sánchez, rebosó fulanismo y adoleció de política, de planes serios y solventes para salir del pozo en el que estamos sumidos. Fue un intercambio de discursos de contables que están en las nubes trufado de otro intercambio de enfrentamientos personales entre dos líderes políticos, Rajoy y Sánchez, que corren el riesgo serio de salir muy escaldados por el hartazgo del personal.

La encuesta que publica hoy El Mundo es esclarecedora. El 60% de los consultados no vio ni un segundo del debate. Estas sesiones, como están planteadas, en este Parlamento, con este reglamento, con estos partidos instalados en el Siglo XX, con estas cúpulas que lo controlan todo ajenas a la realidad social, no sirven más que para regodeo de ellos mismos. Y así les va, y así nos va a todos. Mal.

La metáfora más ilustrativa de la sesión es la imagen de Celia Villalobos, en funciones de presidente del Congreso, mientras hablaba su jefe, Mariano Rajoy, presidente del Gobierno, jugando con su tableta a un jueguecito que parece que está de moda. Como cunda la cosa el Parlamento va a ser un festival. Villalobos, quizá asesorada por Arriola, no dice ni mú. La vicepresidente tercera de la Cámara dice que le parece muy bien, y que el asunto demuestra que una mujer puede hacer dos cosas a la vez. El presidente de la cámara comenta que no tiene nada que decirle a la vicepresidenta por el espectáculo. Y que siga la fiesta.

Yo me digo que Celia Villalobos, que lleva más de veinte años instalada en el coche oficial, si se aburre, sería más digno que se pirara, y así podría jugar al Candy Crash a discreción, sin parar, a todas horas. Cobraría una buena pensión. El parlamentarismo español no la echará de menos. Manolo su chófer lo agradecerá. Y los ciudadanos nos ahorraremos tener que soportar tanto escarnio.

El debate de esta semana es una evidencia más de que este régimen está agotado. Las citas electorales que se avecinan pueden cambiar el patio. Veremos como arranca la cosa en Andalucía. Las municipales y autonómicas posteriores aclararán algo el panorama. Las catalanas de septiembre pondrán en otro brete a Rajoy. Y al final, las generales, cuando al presidente le plazca, dibujarán un Parlamento atomizado y un Gobierno difícil. Se fuerte Mariano, te llamo mañana.