Me asomo por primera vez a esta ventana de REPUBLICA.COM con la ilusión de un viajero en búsqueda permanente. En búsqueda de la noticia, de la verdad, de la vida, pura vida, de la reflexión serena y a la vez apasionada. Con agradecimiento al capitán de la nave, Pablo Sebastián, y con respeto formidable a los lectores y a quienes con más mérito y capacidad que yo ofrecen este ventanal de opiniones libres cada día para, junto a las noticias, posibilitar al personal que se forme su propio criterio.

Ha querido la casualidad que escriba estas primera líneas no en el andén, sino en la sala de embarque de un aeropuerto. Peregrino desde hace meses por tantos mundos que hay en el mundo, cuerdo de atar, reportajeando sobre Los nadie de los que escribió Galeano. Arrimarse a la realidad te permite constatar hasta que punto aquí, en nuestro plácido primer mundo, vivimos ajenos a la triste existencia de la mayoría de los seres humanos que pueblan nuestro planeta. Ellos  “sueñan con salir de pobres, pero los nadie, los hijos de nadie, los dueños de nada, los ningunos, los ninguneados, muriendo la vida, jodidos, rejodidos, cuestan menos que la bala que los mata”.

Salgo hacia los Estados Unidos de Norteamérica, a grabar a tantos nadie que pueblan Nueva York, aunque quienes solemos viajar a la capital del lujo, el dinero, la moda y el ocio desconozcamos la otra cara de esa hoguera de las vanidades. Y viajo con el alma encogida tras enterarme hace pocas horas de que van a repatriar, por estar infectado por el maldito Ëbola,  al hermano Manuel García Viejo, director médico del Hospital San Juan de Dios de Lunsar (Sierra Leona). Estuve en ese hospital en 2003. Hablé muchas horas con el hermano Manuel. De León, donde nació. De nuestro Real Madrid, aunque nos lo quiten. Y sobre todo de los nadie, a quienes entregaba cada día su experiencia médica y su corazçon. Y hablé también con quienes a su vera peleaban por salvar vidas en uno de los países más ricos en miseria del planeta, aún con las llamas de la guerra terrible calentando la memoria.

Manuel García Viejo peleaba entonces con escasa aunque formidable compañía: un farmacéutico valenciano, unas pocas monjas y unos pocos sierraleoneses. Por allí pasaban seres humanos derrotados por la vida y por todo tipo de enfermedades. A nadie se le rechazaba. He visto allí hacer milagros sin medios materiales. Y he sido testigo de cómo a Manuel García Viejo, un ser humano formidable,  le caían lágrimas del corazón al terminar jornadas extenuantes, siempre con una sonrisa y unas palabras de esperanza.

Hay muchos como el hermano Manuel. Pero no nos ocupamos de ellos. Estamos ensimismados en lo nuestro, en Rajoy, en Mas, en Sánchez, en Pablo Iglesias. Nuestra mirada de escaso fondo no es capaz de ir un poco más allá. Y debería serlo. El Ébola, si nos afectara a nosotros, y no se cebara con los nadie que pueblan Äfrica, ya no existiría como enfermedad mortífera.  Pero mientras sean ellos los que mueran en nuestra placidez solo lamentamos que de vez en cuando le afecte a uno de los nuestros, y tampoco mucho, porque le toca además a alguno de los que a cambio de nada se juegan su vida por ayudar a los nadie. Y este tipo de mujeres y hombres solo interesan aquí para una buena portada o para una cena benéfica de esas que dejan la conciencia idiota como una patena.

Inicio este viaje con el corazón roto y con el deseo de que el hermano Manuel García Viejo llegue pronto a España y pueda salvar la vida. Por el, que lo merece, y porque se que en cuanto esté en condiciones regresará a su mundo, el de los nadie, a seguir batiéndose el cobre por ellos, en la soledad del hombre bueno que no hace milagros, aunque los haga.