La corrupción sigue galopando y saltando de los juzgados a las portadas. Y lo que queda. El frente de izquierda al extremo se conforma en Madrid para tratar de robarle el pastel a PP y PSOE. En Andalucía se cocina entre bambalinas un posible pacto PSOE-PP que permita gobernar a Susana Díaz, como preludio de un probable acuerdo posterior en España que deje gobernar al PP si sale de las generales como lista más votada. Y Podemos, tras la manifa de Madrid, sigue constatando que en política pasar de las musas al teatro tiene su aquel.

No son comparables cuantitativamente los grandes casos de corrupción (Gürtel, ERE, Bankia, tarjetas black, Púnica, Pujol, etcétera, etcétera, etcétera)  a los asuntos que les salen cada día a los líderes de Podemos. En absoluto. Pero la vida es dura, y la política más, y cuando uno se incorpora a la partida ha de saber y asumir que se instala en el escaparate, y no es lo mismo ser aspirante a existir que formar parte de la nuez de la cosa, ser alternativa a ocupar un espacio relevante. Entonces todos los ojos, todas las miradas se concentran sobre uno. Las de los adversarios y las de los medios de comunicación. Y cuando ellos han colocado el listón tan alto respecto a los demás, no pueden pretender que a ellos se les examine con una lupa distinta. Si alguno de ellos creía que el asunto iba a ser coser y cantar, un paseo por el edén, sin cáscaras de plátano a cada esquina, me han decepcionado. Porque hablamos de gente instruida, conocedora de la política en países en los que se libran batallas severas con límites difusos.

De entrada su comportamiento hacia los medios comienza a relevarse inquietante. Control, censura, limitaciones intolerables al trabajo de los profesionales, menos presencia y más seleccionada, pactos previos, preguntas limitadas. Casta. Pura casta. Con un punto totalitario en su comportamiento, impropio en un sistema democrático.

Y no es que, como consecuencia de su actitud limitadora con los medios, estos reaccionen en venganza. No es que se haya producido la apertura de una guerra mediática contra ellos. Es que ellos son alternativa, y con los criterios que llevan aplicando a la medición ética hacia los demás, su comportamiento deja mucho que desear.

Errejón tiene aún pendiente de resolución final un asunto universitario que le ha dejado en mal lugar y que evidencia que por ser quien es, accedió a ingresar una cantidad no menor de dinero público que probablemente no debía cobrar en esas condiciones de trabajo, porque es cuestionable que lo hiciera adecuadamente y según lo establecido en las normas académicas.

Iglesias tiene su tinglado mediático-político bajo acusaciones aún no probadas, pero existentes, que apuntan comportamientos fiscales dudosos que deben aclararse. La Tuerka, La mano izquierda y el resto de la infraestructura del eurodiputado conforman un dibujo societario sobre el que hay dudas razonables de la limpieza que él reclama a los demás.

Monedero, al margen de los asuntos curriculares, es objeto de acusaciones serias de irregularidades de dimensión suficiente como para liquidar su trayectoria. Problemas en la Universidad de los que se derivan otros con la Hacienda Pública. Impuestos que él dice que están en regla respecto a los que no aporta pruebas. Cruce de ingresos con el tinglado de Iglesias. Ingresos superiores a los que permite la ley. Sociedades que pueden estar al margen de lo que permite la legislación. Presunta financiación chavista de Podemos a través de sus presuntos trabajos para la administración venezolana, y otras.

Y el episodio anecdótico, pero menos, de sus mentiras respecto a su presencia dando clases en la Universidad para justificar su ausencia de una comparecencia ante los medios cuando en realidad estaba a esa misma hora en el metro. Cuando en política las mentiras se pagan caro.

Tenemos por delante diez meses de campaña electoral. Esto acaba de arrancar. Va a haber leña para todos. Y por ahora, en lo cualitativo, las reacciones de Podemos a los asuntos que les afectan han sido calcadas a las que tienen los partidos de la casta a los que ellos critican severamente, casi siempre con razón. O sea, encerrarse, ocultar información, limitar la presencia en los medios, controlar periodistas, impedir el paso a reporteros, pactar preguntas para las entrevistas, negarse a hablar de determinados asuntos. Más de lo mismo. Casta. Pura casta. Puritita casta. Y lo que te rondaré, morena.