La imagen de Michel Spingler refleja el clásico muestrario francés de prensa y tabaco, con un cartel de advertencia sobre las revistas. La revista satírica Charlie Hebdo ha agotado su ejemplar número 1.178. El especial tras la masacre yihadista de París, con cinco millones de ejemplares impresos, agotó las existencias. En Francia y en muchos otros países. Aunque su precio era de 3 euros, en la reventa ha alcanzado los 15.000 euros. Un espectáculo, sin duda.

Ya lo he dicho públicamente y me han zurrado la badana los de lo políticamente correcto. Nunca me gustó esa revista, como no me gustan otras que practican ese humor. Creo que la libertad de expresión tiene límites, como cualquier actividad en la vida. Y uno de ellos es el respeto máximo a algunas cuestiones, no muchas: una sin duda el pensamiento religioso de cada uno, sus creencias, materia íntima al máximo y de enorme sensibilidad. Dicho esto, quede claro que no justifico un ápice la carnicería perpetrada por los asesinos yihadistas en París y que no soy partidario de encarcelar a quienes publican esas viñetas que a mí ni me gustan ni me hacen la más mínima gracia. Por eso no soy Charlie, aunque los asesinados y sus colegas cuentan con mi solidaridad para seguir haciendo su trabajo, pese a que prefiera que dedicaran su formidable talento a otro tipo de sátira o humor.

Y fijada posición al respecto, señalar el formidable ataque de risa, irónica, aclaro, que me dio ver en The Objective la imagen de los líderes mundiales con los brazos entrelazados, en foto convenientemente editada para engañar al personal y hacerle creer que se manifestaban con el personal de a pie, cuando lo hacían perfectamente en solitario rodeados de funcionarios policiales. Risa porque esa sí que era una viñeta sarcástica, de humor un poco negro. Todos ellos defendiendo la libertad de expresión. Me es igual Rajoy, que Cameron, que la Merkel, que Netanyahu y los demás. Ninguno de ellos puede encabezar una manifestación que se precie por la libertad de expresión cuando cada mañana al amanecer la conculcan en los países en los que mandan, y groseramente.  Y sin vergüenza.  Y, además, porque en muchos de esos países, las viñetas de Charlie Hebdo no podrían ser publicadas sin riesgo de incurrir en un comportamiento tipificado como delito por la ley. Incluso algunos con pena de privación de libertad. Que sean ellos quienes abrían las portadas en defensa de esa libertad de expresarse al libre albedrío de cada quien es una coña marinera, una formidable tomadura de pelo.

Por no hablar del cinismo colectivo generalizado, de quienes solo despiertan ante el horror de los asesinatos yihadistas cuando las víctimas son unos de los nuestros, me es igual el 11-S. El 11-M, Londres o París. Porque cada día, estos asesinos que practican desde hace muchos años una guerra del Siglo XXI liquidan sin piedad alguna cada día a seres humanos en Africa o en Oriente, o en cualquier parte del planeta, y nadie mueve un dedo.  Nadie se altera si los montones de muertos son negros, o morenos, o de rasgos caucásicos, o asiáticos, cristianos o musulmanes. Como si fueran seres humanos de segunda, o de tercera.

Pues no, yo no soy Charlie, y yo no me manifestaría con tipos tan poco recomendables como estos, que mienten tanto, que cargan en sus carteras presidenciales y ministeriales tanto cinismo y tanto fracaso en el combate de este terrorismo insoportable. Prefiero manifestarme solo, y expresar mi repulsa, mi temor y mi asco hacia los asesinos de los colegas de Charlie Hebdo, que tan poco me gustan, a mi modo, en privado, rodeado de gente para la que cualquier vida vale lo mismo, y para la que las creencias religiosas, ajenas y propias, son materia que merece un respeto que muchos no les tienen. Y me partiría la cara por evitar que alguno de los manifestantes no encarcelara a uno de los dibujantes por esas viñetas que me generan rechazo. Por eso, y mucho más, yo tampoco soy Charlie.