Mientras el PSOE ultima programas electorales para las municipales y autonómicas de primavera con los principales candidatos definidos, y torea los cuestionamientos internos al liderazgo de Pedro Sánchez, el PP, por decisión de Rajoy, mantiene la incertidumbre sobre los rostros que encabezarán sus listas en ciudades y comunidades que van a ser clave para estos comicios y, como consecuencia, para las  elecciones generales de finales de año, y se libran batallas internas cruentas. Y Podemos sigue su camino, sortea dificultades y trata de adivinar las que se le avecinan y disfruta y aprovecha que se ha convertido en el eje de toda conversación pública o privada y de toda declaración de cualquier político que abre la boca en estas fechas vacacionales.

En primavera el resultado de las dobles elecciones va a dar muchas pistas, pero tampoco será la imagen definitiva de lo que sucederá en las generales. Van a suceder muchas cosas, van a seguir lloviendo encuestas, van a producirse movimientos y corrimientos de votos y puede haber siglas que desaparezcan o queden relegadas a posiciones irrelevantes. Nadie sabe lo que va a suceder y la incertidumbre propicia inquietudes, nerviosismo y la aparición de gurús de la cosa que todo lo saben.

Podemos va a tocar poder, directa o indirectamente en las elecciones primaverales y probablemente le perjudique de cara a los votantes, porque no es lo mismo predicar que dar trigo y se les van a ver las costuras.

Lo sucedido con Podemos y el resto de partidos políticos es curioso y merece una reflexión. Durante semanas escuchamos y leímos a dirigentes sobre todo de PP y PSOE y a los medios afines a ambos que el auge de Pablo Iglesias y su gente era consecuencia de haber recibido un apoyo mediático de las cadenas televisivas Cuatro y La Sexta que consideraban irresponsable. La permanente tendencia de quienes llevan años controlando el régimen a dirigir los medios de comunicación. Pero ahora resulta que cuantas más encuestas aparecen arrojando datos positivos para las huestes de Iglesias, esos mismos partidos centran su discurso en Podemos, les convierten en el monotema, hacen de altavoz de su discurso y de soporte publicitario de sus mensajes y convierten a esta formación política en la protagonista de la política en España.

Tras el PP, PSOE e Izquierda Unida, ahora le toca el turno a los nacionalistas e independentistas catalanes y hasta al PNV y Bildu en el País Vasco. Convergencia Democrática de Cataluña y sobre todo Esquerra republicana le ven las orejas al lobo de Podemos a la vista de los datos demoscópicos y del aterrizaje de Iglesias en Barcelona de la mano de Ada Colau y se les ha ido la pinza. Convergencia y Esquerra tratan de mantener el debate político centrado únicamente en la cuestión identitaria, soberanista e independentista porque tienen pavor a quedar desnudos ante su propia realidad. Y Pablo Iglesias ha acreditado una vez más talento para cambiarle el paso a los demás, con  un discurso ambiguo y melifluo respecto al proceso de secesión, y más claro y directo en relación con aspectos esenciales políticos y sociales de la triste realidad catalana.

Podemos ha sabido atraer hacia su formación el desencanto de los ciudadanos hacia los políticos de toda la vida y colocarse en el eje del debate con un discurso radical que ahora matiza, para poder llegar a las generales en condiciones de llevarse votos de quienes desde posiciones socialdemócratas o centristas están hasta el gorro de la debacle que padecemos.  Moldean su discurso con talento, imaginación, arrojo y grandes dosis de demagogia. O sus adversarios se alejan del miedo y articulan un discurso político de regeneración real y a fondo y se dejan de buscar titulares desde la torpeza o le terminarán de hacer la campaña gratis a Pablo Iglesias.  Y me temo que las consecuencias pueden ser nefastas.