Escribo deliberadamente antes de que concluya la orgía de autocomplacencia que se ha organizado el PP, que no puede terminar bien porque desde su concepción es un error. Rajoy no tuvo valor para convocar un Congreso, afrontar una renovación a fondo del partido, del que deben salir todos los que fueron necesarios colaboradores de Bárcenas en sus tropelías, o sea muchos, empezando por él mismo, asumir responsabilidades por la corrupción que niegan pese a las evidencias, democratizar internamente una organización esclerotizada y construir el futuro. Rescató a Aznar del olvido para tratar de recuperar a los sectores más conservadores del PP y se le vino encima la imprevista libertad de Bárcenas, que salió del talego bramando contra Rajoy con asuntos muy graves y lanzando mensajes que han sembrado la inquietud y el temor ante los meses electorales esenciales que se avecinan.

Aznar, ese hombre, se despachó a gusto. Vive en otro mundo. Vive esencialmente por y para Fazmatella, la sociedad instrumental desde la que hace el business la familia, y la realidad social y política de España no va con el. Pero el personal recuerda que desde que abandonó la Moncloa dejándonos ahí sentado a Rajoy, no ha cesado de suministrar palos a su sucesor. Y tampoco que buena parte de los escándalos de corrupción que cercan a Rajoy y al PP se gestaron a su amparo. Porque Rato, Blesa, Matas, Correa, Costa, Camps, Galeote, Sepúlveda y Mato, las Cajas, Villalonga, Lapuerta y Bárcenas, los sobres, el dinero negro, las donaciones opacas y tantos otros hombres y casos crecieron a su abrigo. Y ahora dice que el asume todas las responsabilidades. Un chiste sin gracia alguna. ¿Cómo la asume?

Y se cascó un discurso político de fuste, sí (ya quisiera Rajoy en eso llegarle a la altura del betún), pero atacando a quien él designó a dedo, sin mencionarle una sola vez, desprecio máximo. Aznar está siete metros por encima de la realidad. Y representa el ala más conservadora del partido, la derecha más derecha, cuando la batalla está más al centro. ¿Dónde está el PP?, ¿quiere el PP ganar las elecciones? se preguntaba en alta voz. Y el asombro en las prietas y desunidas filas populares, trufado de miedo. Un discurso de reproche velado a que se están haciendo mal las cosas, y a que si se sigue su estela les irá bien. Y no. Está en el aznarismo el origen del auge de Podemos, que ha sido hábil y capaz en captar parte del cabreo nacional, aunque vaya perdiendo fuelle según pisa la realidad de la política. A quien le va bien es a Fazmatella, no al PP, ni a los ciudadanos. Y por eso la presencia de Aznar, el patriarca, en el cónclave pepero no ha sido útil.

Y después de Aznar, con Bárcenas y la mugre sobrevolando la convención, una ristra de líderes, de primer y segundo nivel, bailándole al agua a Rajoy después del vacío del presidente de honor. Y desde Cospedal a todos los demás, una obsesión por borrar del mapa al PSOE y encumbrar a Podemos como adversario. Una estrategia muy peligrosa, porque estimular el miedo no creo que les salve de un mal resultado. Mejor le iría asumiendo responsabilidades políticas por la corrupción y por el flagrante incumplimiento del programa con el que ganó las elecciones, con la mayoría absoluta más inútil e incapaz de generar progreso en España de las que hemos conocido.

El PP sigue anclado en el Siglo XX. Da la espalda a la realidad. La clase media terminará por desaparecer del todo, drama mayúsculo. Los ricos cada vez más ricos. Los pobres cada vez más pobres, una desigualdad social insoportable. La política fiscal instalada en el disparate. España sigue en la cola de los países europeos en lo que se refiere a destinar recursos a la persecución del fraude fiscal, clave para salir del agujero. Y el poder del régimen, ya se sabe, en despachos del gran hermano del Ibex que todo lo puede, y que sigue instalado en que si las encuestas aciertan y Podemos triunfa, tendrán fuerza para forzar una gran coalición PP-PSOE que ninguno de ellos quiere, para salvar el actual status quo.

Falta política de primer nivel. Falta nivel en los cuadros de mando de los partidos. Faltan grandeza, sentido común, coraje y valentía en los dos grandes partidos para afrontar la liquidación del régimen y la regeneración del sistema. Porque a ellos les iría mal. Y sí, eso es comportarse como una casta. Como un grupo que forma una clase especial que se separa de la mayoría de los ciudadanos. Y así nos va a todos.