La foto de Sergi Reboredo capta mi atención. Me gusta el blanco y negro. No solo no me parece de otro tiempo sino que percibo modernidad. Y diferencia. Y no solo los tonos, sino el hombre, ya sin piernas, la mirada perdida en el suelo de ese hospital brasileño tan pobre. La silla de ruedas con la toalla, el camastro humilde. La llave colgada de la pata. La cuña, en el suelo, sucia, con restos de los restos. Solo faltan las tablas de San Lázaro, como en la Edad Media, cuando les obligaban a llevarlas para avisar al personal de su caminar. Esta es la foto del lugar en el que uno piensa que desearía no acabar jamás, acostumbrado a nuestro confort de cada día.

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