Está lanzado Rajoy. Algunas de las personas que le rodean le han convencido de que su horizonte no es tan oscuro como algunos creen y ahora vende mercancía positiva. Ante los miembros del Consejo Empresarial de la Competitividad, o sea, frente los columnas esenciales que sostienen el régimen que agoniza, proclamó que en la barra de las cafeterías a las que el acude, la peña percibe el fin de la ruina, y que la crisis “en muchos aspectos es historia del pasado”.

Vayamos por partes. Dudo que el presidente frecuente muchas cafeterías. O le llevan al hombre a cafeterías raras, o repletas de figurantes con frase. O quizá solo frecuenta la cafetería del Palacio de la Moncloa. Porque en el resto de las cafeterías, y de los bares, o sea, en la calle, el personal no vive las mismas sensaciones que Rajoy. Sugiero al gabinete del presidente un recorrido por baretos seleccionados al azar en las principales ciudades de España. Quizá tendría enorme utilidad para que las percepciones presidenciales se aproximaran más a las de los ciudadanos. Y así entendería Rajoy que en política, e incluso me temo que también en economía, muchas veces las cosas son como parecen.

Y respecto a que la crisis es ya pasado, me parece discutible. Incluso coincido con Zarzalejos en que afirmarlo como ha hecho Rajoy es una manipulación, una media verdad peor que una mentira. Porque siendo cierto que hay datos macroeconómicos que permiten una lectura en positivo, es temerario afirmar que la crisis se ha superado porque haya crecido el PIB, la prima de riesgo esté en números razonables y se haya generado algo de empleo, entre otras cosas porque la mayoría de esos puestos de trabajo son empleos basura.

La realidad de España sigue siendo trágica. Porque cada día tengo más claro que la gravedad de esta crisis severa no es el aspecto económico, sino el social y el político. Como consecuencia de elementos algunos ajenos a la responsabilidad de Rajoy y otros directamente de competencia suya, esta crisis ha arrasado con las clases medias. No recordábamos nada parecido. El incumplimiento por Rajoy de los puntos nucleares de su programa electoral, en especial a este respecto la política fiscal, insoportablemente confiscatoria, ha generado pobreza y no ha evitado ni que los más ricos pudieran seguir sorteando parte del pago de sus impuestos, ni que la economía sumergida siga siendo el salvavidas de tantos ni que la economía delictiva siga creciendo, no que los más pobres sean hoy más pobres ni que los que vivían decentemente estén hoy ya en la pobreza o delante de la puerta de la miseria.

Y a esta crisis económica hay que unir la soberbia crisis política y moral que nos asfixia. El presidente renunció desde el inicio a hacer política. Y el edificio amenaza ruina. La deslegitimación del régimen crece cada día. El PP sigue a lo suyo. Ahora centrado en perder el menor porcentaje posible del poder municipal y autonómico, porque en ese envite le va mucho, ya que cada Ayuntamiento o cada Comunidad Autónoma que pierdan significa militantes y adláteres que se van a la calle. Y en llegar a las generales con posibilidades de ser la lista más votada. Y el PSOE, en caída libre también, con severos problemas de liderazgo, con batallas internas que pueden acabar también con el, con un riesgo de radicalización que preocupa a los más viejos del lugar. Con Ciudadanos que crece, sembrando despacio pero sin pausa. Y con Podemos, que construye un discurso y un programa menos drástico para no ahuyentar al final a indecisos cabreados que podrían terminar por votar con la nariz tapada a alguno de los de siempre.

De esta crisis política y moral es más difícil salir. Y en el corazón de esta crisis es donde se sitúa el riesgo de que el régimen se vaya al carajo, con todas las consecuencia que ello puede tener. Y de ellos depende, del PP y del PSOE esencialmente. De que de una vez por todas acometan una renovación y una regeneración a fondo que nos garantice poder vivir en democracia y libertad plena los próximos veinte o treinta años. De ellos depende. Si se dan una vuelta de verdad por las cafeterías de España quizá terminen por enterarse y abandonen el autismo insoportable en el que viven.