Mutis por el foro de Torres Dulce de la Fiscalía. El cinéfilo se cansó de que Rajoy le escribiera los guiones, de serie B, cine negro, y optó por pirarse. El Gobierno queda como la chata, pero le trae al pairo. Y eso que Torres fue más dulce con los poderosos y más ácido con el personal de la calle. Pero todo tiene un límite. Y la voracidad del Gobierno no tiene límites, menos aún con tanta urna a la vuelta de la esquina.

Otro mutis relevante, aunque por final de existencias, fue el de Alfonso Guerra. Se largó como a el le gusta. Fue siempre un actor mediocre con más escaparate del que merecía. Un hombre taimado, que entiende la vida como una obra de teatro dirigida por el. Pero desde que la liaba en la universidad sevillana y se piraba cuando llegaban los palos de los grises dejando a Kiko Veneno y los demás a los pies de los caballos, Guerra ha sido un conspirador temido por los suyos, ante quienes siempre fue implacable. Es un hombre leído, cultivado, que en la hora undécima de la política amansó sus a sus fieras interiores aparentando un sentido de Estado que vaya usted a saber si era real o pura fachada. Pero, escrito todo esto, es quizá el último que quedaba de una generación de políticos a los que echo de menos.

Y Sabina. El gran Sabina. Dos conciertos honestos en Madrid, que me perdí. Pero me los ha contado el gran Ángel Antonio Herrera, mi poeta favorito: “Madrid lo han inventado también, o reinventado, Umbral y Sabina, que son, cada uno en los suyo, dos reyes únicos del mambo de las orquestaciones desorquestadas del alma del hombre urbano, al que todo le pasa por salir de casa, según sabemos. La alcurnia de Joaquín es alcurnia de pirata, y de ahí que diga la verdad cuando exagera, que es siempre o casi siempre”.

Pero de Sabina quiero hablar por el estacazo que le ha atizado Montoro, un pirata sin parche en el ojo y sin alcurnia, que la emprende contra todo discrepante, sin miramientos. Porque Sabina, como otros tantos a los que el agujero negro del Gobierno le ha hecho un traje, no ha defraudado. Ha tributado en orden, pero ha llegado Montoro a desordenarle las cuentas, y para cuando lo gane en los Tribunales el ministro estará ya retirado. Pero habrá jodido la vida a tantos, de modo injusto, que habrá que recordárselo.

El mismo Montoro que ministrea la Hacienda Pública europea que menos recursos dedica a la persecución del fraude, el ministro de la enésima amnistía fiscal para los potentes, el ministro de la vista gorda a la infanta y tantos otros, el ministro que perdona la pasta a las Comunidades Autónomas porque se avecinan elecciones mientras los demás apoquinamos para mantener su fiesta, Montoro, ese hombre, se ceba con los que pagan buscándoles las vueltas que desde sus ordenadores siempre encuentra y después va y lo filtra. Son muchas las víctimas, les presenta Montoro como defraudadores cuando no lo son, y se queda tan ancho, preparando la siguiente inspección con su sonrisa malévola que no tiene ni puta gracia. Y ahí sigue, en este plan.

Ahora nos venden una rebaja de impuestos que es real, pero mínima, y que no alivia el luto por el flagrante incumplimiento de sus promesas electorales. Pero hagan cuentas señores, hagan cuentas, sumen los impuestos directos y los indirectos, si son capaces, y verán como el 2015, al final, pagamos más al fisco insoportable e insolidario. Porque es lo que tiene esta política mezquina que nos ha caído. Que nos engañan, y parece que, encima, hemos de darles las gracias. O reírselas. Y no. No es esto, no es esto que decía Ortega. O no debiera serlo.