No hay forma de huir del asunto. Aunque canse. Ni en los medios de comunicación ni en la calle. La corrupción lo puede todo. O mejor, la nefasta actitud de los partidos ante la corrupción. Y después de una semana de debate sobre el debate, todo sigue igual. Porque mientras los ciudadanos asisten deprimidos al espectáculo de la política patria, los cuarteles generales de los grandes partidos siguen a lo suyo. Manejando encuestas, haciendo política cortoplacista y cegata. Tratando de no perder su sitio. Encastillados en el mantenimiento del status quo. Instalados en el miedo al cambio profundo y necesario y el temor a la desaparición que no es imposible.

Ahora volvemos a las leyes. A las propuestas legislativas para combatir el drama de la corrupción. Vaya por delante que cualquier modificación que propicie una mejora en el combate de la golfería me parece bien. Solo faltaría. Incluso me parecen adecuadas todas las propuestas que escucho en el Parlamento o en las declaraciones a la prensa que hacen cada día. Hasta aburrirnos. Pero a estas alturas del partido carezco de fe. Porque son tantas las ocasiones en las que han anunciado nuevas leyes en esa dirección que jamás han entrado en vigor. Son tantas las veces que nos han vendido a bombo y platillo grandes paquetes legislativos que nunca se han consumado. Son tantas las mentiras y las milongas que nos han vendido que uno se cansa, se agota, de escuchar siempre lo mismo, mientras crece la sensación de descomposición de régimen.

Porque para luchar contra la corrupción la clave no son las leyes. Lo esencial es la actitud. La decisión personal de quienes tienen responsabilidades en las cúpulas de los partidos de ser intransigentes. Lo grave no es que haya corruptos. Está en la condición humana. Los hubo, los hay y los habrá. Lo grave es la reacción de los partidos ante quienes corrompen y ante los corrompidos. Lo desesperante es que una vez y otra se repite lo mismo. La actitud timorata y a veces cómplice de defensa de lo indefendible. De colegueo por lo que pueda pasar. Aquí hay mucha lujuria en  mirar para otro lado, incluido a veces el encubrimiento, hasta que la cosa se hace insoportable, y entonces se suben al escenario, se ponen estupendos, nos sueltan la perorata y nos venden reformas legislativas. Y no es eso. Con la actual legislación civil, penal y mercantil se puede hacer mucho. Y las responsabilidades judiciales son unas, y las políticas otras. Y ahí es donde fallan, porque en general no se asumen. O si se asumen, se hace en la hora undécima, y sin convicción. Que los jueces apliquen la ley, que todo acusado tenga un juicio justo con garantías en su derecho a la defensa. Pero los partidos han de actuar desde el inicio en los controles previos para que no suceda, en la denuncia de los suyos que meten la mano, en las contundencia en apartarlos cuando se descubre. Pero no. Nunca sucede así. Son la prensa o los jueces los que levantan la liebre y ellos se protegen entre ellos, los unos a los otros, hasta el último segundo. Y así nos luce el pelo. Y así seguimos. Y seguiremos. Hasta que hablen las urnas. Que ya va siendo hora.