Adelanto que me gusta Bergoglio, el Papa Francisco. Van a hacer dos años que llegó al papado y ha puesto en marcha una revolución. Hacia fuera, con un discurso relacionado con los valores y la doctrina social de la Iglesia más que impactante. Y hacia dentro, en la Curia, donde las cañas se vuelven lanzas y donde más de uno tiene pensamientos hacia el jefe que les hacen dudar sobre llegar a violentar el quinto mandamiento ante el estupor que ha generado su decisión de que las cosas no sigan siendo igual.

Bergoglio no solo se ha puesto manos a la obra de renovar y regenerar la Iglesia católica. Además lo ha hecho rápido. No esperó un segundo desde que, gracias al apoyo y el lobby de los cardenales norteamericanos, fue elegido por el colegio de cardenales. Sepan que en un receso, se ausentó para ir al baño, y sospechando lo que podía ocurrir, Bergoglio se arrodilló, rezó, y le pidió a Dios que apartara de el ese cáliz. Pero fue que no.

Si uno sigue sus intervenciones públicas, sus dichos, sus hechos, sus textos, sus homilías y sus actos, encuentra a un Papa valiente, con una cuerda osadía rebosante de sentido común, con lo que él denominó como su “sana dosis de inconsciencia”. La pasada semana, sus recomendaciones en la felicitación navideña en el Vaticano conforman un vademécum que trasciende a la Iglesia Católica, y que se convierte en una guía orientativa de lo que cualquier institución pública o privada debe hacer para ser ejemplar, decente.

Y todo ello con una ventaja inmensa. Cuando habla, a Bergoglio se le entiende y se le comprende. Es diáfano, directo, claro, y no tiene contemplaciones. Su dureza reconforta. Y se agradece, en estos tiempos en los que uno se cansa de tanto discurso prefabricado y políticamente correcto. Este Papa está siempre preocupado por los que sufren y padecen, por los fieles, por los seres humanos, y sitúa en segundo plano los dogmas inamovibles, el boato y la liturgia. Con sus actos y sus palabras quiere llegar al corazón de ellos.

Y atentos, que en lo que se refiere a España, me consta que el Papa quiere baile, movimiento, cambio. Ya hay nuevas caras. Y va a haber más cambios. No le gusta a Bergoglio la Iglesia que conformó Juan Pablo II en España, donde tras tratar de cargarse a los Jesuitas, colocó en el control a los más conservador, extremista y derechista que encontró en nuestro país, reforzando el papel de los nuevos movimientos como Comunión y Liberación, Legionarios de Cristo, Kikos y demás, con el Opus Dei, como siempre, en la sombra pero en el machito del poder.

Las cosas van a cambiar, y es esencial prestar mucha atención. Ya han desaparecido Rouco Varela y buena parte de sus más fieles. Los Jesuitas, Franciscanos, Dominicos y demás órdenes históricas van a contar de nuevo. Su beligerancia en la persecución civil y penal de los curas relacionados con casos de pederastia es un indicio de por donde van a ir las cosas. Bergoglio maneja muy buena información de España y es esencial para el que el cambio sea a fondo. Habla mucho de unos ejercicios espirituales que él dirigió en una casa de los Jesuítas de Madrid en 2006. Alguno de los que asistieron dice que “nosotros sabemos lo que se avecina. Sabe lo que quiere y nadie le va a parar”.

Y le tienen miedo. Y tienen miedo a lo suyo. Y hay muchos dirigentes políticos, sobre todo en el PP y el PSOE, tratando de presionar y jugar sus bazas, porque la jerarquía de la Iglesia Católica no es un asunto interno de los creyentes, no es una cuestión estrictamente espiritual. Es un asunto mundano, terrenal, una batalla entre mortales, un juego de tronos en el que se ventila mucho poder. Bergoglio va a por todas, y cuando consumé la regeneración inevitable, la Iglesia en España será muy distinta, creo que claramente mejor, y muchos en los partidos grandes habrán perdido mucho poder. Apasionante. En términos religiosos, morales y políticos este es uno de los grandes asuntos del 2015 que se avecina.