Tras otra semana aciaga con el lamentable debate sobre la corrupción que no cesa, Rajoy se fue a Cataluña, donde le echaban de menos, no ya los militantes, los suyos, sino tantos ciudadanos que durante tantos meses han sentido la ausencia del presidente del Gobierno, del Gobierno y hasta del Estado, la falta de defensa de los intereses de todos los ciudadanos, y ello mientras el soberanismo, el nacionalismo y el independentismo hacían de su capa un sayo. Y acudió como de incógnito, porque renunció a hacerlo como presidente del Gobierno y se limitó a hacerlo para comparecer en un acto de reafirmación ante los suyos, solo ante los suyos, que merman cada día ante la desolación que padecen.

Tiene toda la pinta de que ha llegado tarde. Porque una cosa es que estuviera arropado por ministros y prebostes varios del partido y todos se mostraran encantados de haberse conocido de cara a la galería y a los cámaras, y otra bien distinta lo que se cuece en el interior del PP, a puerta y micrófono cerrado. El desánimo es notorio, la sensación de fracaso creciente, el temor a las urnas progresivo y la demanda de cambios en el puente de mando clamorosa. Pero, como siempre, hay miedo a expresarse en público, porque nadie sabe los planes que tiene el presidente, más allá de intentar por todos los medios agotar la legislatura.

Pero parece que puede ser un año perdido para el PP y para los españoles. Los que saben de economía consideran creo que mayoritariamente que el 2015 no va a ser un año excelso en la recuperación económica, al menos en lo que se pueda vender a los ciudadanos. Y respecto a los asuntos de corrupción, es más que probable que sigan apareciendo nuevos, y en los ya conocidos y judicializados va a haber novedades cada poco. Y con este panorama, se malician muchos en el PP que el castigo en las municipales y autonómicas puede no ser nada comparado con el de las generales, cuando lleguen. Porque aunque el PP fuera la lista más votada, que pudiera ser, tendría imposible gobernar sin mayoría absoluta

Quizá si Rajoy procediera a hacer, como se le reclama desde hace tiempo desde estas páginas, y desde buena parte de la militancia del PP, una crisis de Gobierno en serio, convocar un Congreso extraordinario, anunciar un proceso limpio de primarias,  y renovar a fondo el escaparate del partido, la cosa pudiera cambiar. Pero no está muy por la labor. Y ya se sabe que se pasa por el forro los Estatutos del Partido, y si no que se lo digan a la Junta Directiva nacional,  que ya ni se acuerdan de cuando se reunieron por última vez, contraviniendo la letra del reglamento. Por eso no se sabe nada del Congreso. Ni de nada referido a lo que el presidente tiene en la cabeza. Y, además, cualquier renovación a fondo debiera pasar por el propio Rajoy, y a día de la fecha es imposible saber si piensa continuar y ser de nuevo cabeza de cartel o a la vista de la debacle opta por apartarse y dejar el camino libre a otros. Y por todo ello, y alguna cosa más, que diría Rajoy, el fantasma de la UCD sobrevuela Génova 13.

Y así están las cosas. Mal. Y ya se sabe que las elecciones, por lo general, no las ganan los partidos de la oposición, sino que las pierden los partidos que gobiernan. Por lo que no debieran de servirle de consuelo al presidente los males ajenos, por importantes que sean.