Ya le han entronizado. Pablo Iglesias tiene mando en plaza en Podemos. Y con un sistema de elección con aspectos cuestionables, pero mucho más deseable que el empleado por otros partidos instalados en el pasado. Nada más ser elegido, ante un público entregado a la causa y al líder, Iglesias, un hombre bien formado,  con buena cabeza, rodeado de personas también inteligentes, sagaces, astutos y osados, lanzó un mensaje para neutralizar el miedo y captar votos a un lado y otro. Trató de huir del tono mitinero al uso y perfiló con trazó aún grueso lo que podría entenderse como un plan de Gobierno.

A mí Podemos y sus líderes no me dan miedo. Vaya por delante. Pero me preocupa el fenómeno, porque la historia demuestra que a veces los remedios son peores que la enfermedad. A Iglesias, Monedero, Bescansa, Errejón y demás mandarines de Podemos les cabrea que en las discusiones les hables de sus vinculaciones con el chavismo en Venezuela. Pero sucede que a estos académicos de currículo brillante y trabajos teóricos de matrícula sólo se les conoce una experiencia de práctica política directa: su asesoramiento al chavismo. No eran meros escribidores de papeles para lectura e inspiración. Jugaban un papel relevante entre los asesores de la presidencia..

Y como ese es su pasado inmediato conocido, además de sus doctorados en Alemania, es legítimo recordárselo, y explicárselo al personal, para no llevarnos a engaño. Porque en Venezuela, Chávez emergió como figura del movimiento bolivariano revolucionario. Los partidos tradicionales venezolanos se iban al carajo, la corrupción era galopante, las clases medias se vieron revolcadas por la crisis, la subida de impuestos, denominada “caracazo”, sacó a la gente a la calle, Carlos Andrés Pérez, Caldera y los demás no estuvieron a la altura y el personal vislumbró una ilusión y un camino para la ruptura con un régimen que agonizaba. O sea, un escenario con evidentes similitudes con el español de hoy.

Chavez preconizaba el cambio, el final del sufrimiento, el nacimiento de una ilusión. Con su oratoria fácil, su verbo popular, su discurso radical un puntito moderado, su apelación a la defensa de los derechos de los más necesitados, llegó al poder en 1998. Y se acabaron las musas, porque era la hora ya del teatro. Y la función ha terminado como el rosario de la aurora. El país está al borde de la bancarrota. La libertad es un sueño. La prensa libre ha sido aniquilada. Los derechos fundamentales se violan cada día. No hay artículos de primera necesidad. La inseguridad crece. Caracas es la segunda ciudad más violenta y peligrosa del mundo. Proliferan los chivatos a la cubana. En 15 años se han cerrado más de 7.000 industrias. La pobreza se extiende como una mancha de aceite. La cesta de la compra sube un 90%. En las farmacias no hay ni paracetamol. En los supermercados se racionan los alimentos. Cada día aumenta el número de exiliados. El viaje de la ilusión, en fin,  ha terminado siendo una pesadilla.

Esa es la realidad de la Venezuela del chavismo y la revolución bolivariana. Y en ese viaje, al comandante le acompañaba una tripulación de la que formaban parte como asesores más que cualificados algunos de quienes hoy están en el escaparate de Podemos. No es ninguna broma. Es para pensárselo. En el diagnóstico de la enfermedad que padece España es difícil no coincidir con Podemos. Pero las recetas que nos venden para curar al enfermo no parecen las adecuadas. Más que nada porque, incluso las pocas que lo serían, no tengo la más mínima garantía de que vayan a ser las reales. De que después no nos vayan a dar el cambiazo. La enfermedad de España es grave. Y no estamos para bromas ni para tratamientos contraindicados. Porque si sucediera no es que el remedio sería peor que la enfermedad. Es que el enfermo no tendría cura.