Lo explicó con tino Ignacio Camacho en estas páginas. El Padre Jorge, “el jefe de la Iglesia, el vicario de Cristo, se siente todavía el párroco que fue en los suburbios de Buenos Aires. El cura que escucha, el clérigo de barrio. Y si no se siente lo hace sentir a los demás”. Y esto es bueno, e importante. Lo decía Ignacio por la lección que ha dado tomándose muy en serio el asunto de los abusos sexuales, donde parece que hay, quizá, una trama organizada. Se habla de personal relevante de la diócesis de Granada. No le ha temblado el pulso para actuar. Para llamar a la víctima, sin intermediarios, y para lanzar un mensaje, uno más, de que este asunto serio y feo que toca de lleno al tuétano del crédito, la reputación y la honra de la Iglesia, no se lo toma a chacota.  Y le queda trabajo. Pero me consta su empeño en hacerlo.

Y no es solo esto. Hace muy poco, en el Aula del Viejo Sínodo, en el encuentro mundial de movimientos populares enhebró un discurso cuya lectura recomiendo. Es de fuste. Habla de solidaridad, “una palabra que es mucho más que algunos actos de generosidad esporádicos”. Insiste en la importancia de luchar contra el origen y las causas estructurales de la pobreza, la desigualdad, la ausencia de trabajo, de vivienda, los males de la tierra, la negación de los derechos sociales y laborales, “enfrentar los destructores efectos del imperio del dinero, los desplazamientos forzados, las emigraciones dolorosas, la trata de personas, la droga, la guerra, la violencia”, o sea, esas realidades que sufren la mayoría de los seres humanos que pueblan el planeta, y que ignoran quienes mandan en los países del primer mundo, quienes manejan un sistema económico que coloca los beneficios por encima de los seres humanos y convierte a los hombres en bienes de consumo.

Huyo por esta ventana de palabras desde Mozambique, en este viaje con mis Cuerdos de Atar buceando por la realidad de los nadie que retrató Galeano en poema definitivo. Leo a Bergoglio, y constato la importancia de sus palabras, porque se que no se quedan en eso. Se que Francisco trabaja cada día por ello, y aunque no será quien acabe con el drama, aunque con ello no sea suficiente, es más que necesario y supone un cambio revolucionario en la jerarquía de la Iglesia.

Sí, las Conferencias Internacionales se quedan en el reino de las ideas que nunca se llevan a la práctica. Y Francisco explicó con acierto cómo no se puede abordar el escándalo de la pobreza promoviendo estrategias de contención que únicamente tranquilicen y conviertan a los pobres en seres domesticados e inofensivos. Porque el hambre es criminal, y la alimentación un derecho inalienable. Dijo Francisco, este Papa humilde y llano que recupera a tantos para su causa moral, que “estamos viviendo la tercera guerra mundial, pero en cuotas”. Y no le falta razón. Es necesario, como reclama este hombre de Dios, cambiar este sistema que asfixia la dignidad humana de tantos, y hay que hacerlo “con coraje, pero también con inteligencia. Con tenacidad, pero sin fanatismo. Con pasión, pero sin violencia. Y entre todos, buscando siempre resolver las tensiones para alcanzar un plano superior de unidad, paz y justicia”. Son palabras, sí, pero del Papa. El está librando esta batalla con coraje que ilusiona. En condiciones complejas, rodeado de enemigos que le esperan. Lean a Francisco. No son palabras huecas. Describe una realidad dramática. Vivimos en nuestro mundo confortable mientras los nadie mueren la vida. Y no debe ser así, y así no puede ser.