Tengo la impresión de que el personal está cansado. De casi todo. De la milonga gubernamental sobre la mejora de los datos macroeconómicos. Del retroceso en la economía comunitaria. Del desempleo insoportable. De Cataluña y la recua de impostores que juegan alentando las emociones viscerales sabiendo que el juego puede tener consecuencias nefastas. Del Gobierno que aletea ensimismado en el horizonte electoral. Del PP que se fractura y agoniza. De Monago, su novia sufragada, sus viajes y sus incoherencias. De la infanta y el escándalo del Ejecutivo y la Fiscalía travestidos de defensores donde debían defender el interés público. Del PSOE que lo intenta, pero sigue con buena parte de los mismos jugando a que pueden aunque saben que no podrán. De Podemos y su populismo barato con el que engorda las expectativas. Del CIS cocinado que nos aporta una fotografía que en vez de dibujarnos un horizonte de imagen en color nos tira al sepia. Me da, sí, que el personal está cansado ya, harto de estar harto de la mediocridad rampante. De esta política de vuelo rasante y mirada a corto y miserable plazo.

Se acercan elecciones municipales. Y en nada las Generales. Retumban voces que insisten en que Rajoy dará la espantada. Veremos. En el PSOE a Sánchez más de uno le espera con la recortada. Podemos sigue a lo suyo, encantados de haberse conocido y engordando con los errores ajenos. IU a punto de ser devorada por sus errores y por los politólogos que la están liando. UPyD a estacazos con la lideresa inamovible. Y Ciudadanos, para mí una esperanza en el desierto, sufriendo por el oleaje de Pablo Iglesias y los suyos, pero con Rivera que asoma como una esperanza a quien quizá le va a faltar tiempo, quizá, para optar a espacio relevante.

Y el CIS que nos aporta su trabajo cocinado y remueve las estructuras del régimen con datos que confirman un diagnóstico curioso, al menos para mí. Muerto el dictador, Francisco Franco, hubo debate, y la minoría que reclamaba una ruptura en toda regla con el régimen anterior sucumbió ante la mayoría que apostó por una reforma que durante años nos ha tenido anestesiados. Muchos han presumido en todos los foros de esa reforma ejemplar, modelo de convivencia pacífica digno de estudio en universidades. La autocomplacencia nos cegó hasta no querer ver que nos colocaban a los peores porque la política la redujeron a un club de obedientes y sumisos corderos bajo el credo de que la excelencia es solo un tratamiento que se le otorga al jefe al que todo se le debe.

Y ha sido tras más de treinta años de democracia, pero la democracia española, mayoritariamente, de modo abrumador, sin paliativos, exige una ruptura. A buenas horas, mangas verdes. Ahora va a ser complejo. Porque quienes diseñaron la reforma, auxiliados eficazmente por el señor D’Hondt, tienen todo bastante bien atado. Puede generarse un corrimiento del voto de uno de los dos grandes partidos, puede producirse una dispersión entre tres formaciones, pero la proporcionalidad de la ley electoral es un cimiento rocoso que refuerza a las dos listas más votadas y penaliza al resto. Y de un resultado en las generales en el que a PP y PSOE se le sume una fuerza que roce los 50 escaños solo puede resultar en la España de hoy un país difícilmente gobernable.

Hay un clamor por la ruptura. Ahora. Por derribar un régimen carcomido que exige ser construido de nuevo acabando de una vez por todas con la mangancia imperante, con la ausencia de controles, con la prevalencia y el control  por el Ejecutivo de los tres poderes del Estado, con el desmán permanente que nos tiene en la miseria moral, política, social y económica. Sí, ruptura. Después de tantos años presumiendo de nuestra reforma tenemos que empezar de nuevo. Lo malo es que no va a ser fácil, porque bajar del machito a quienes controlan este desastre en beneficio propio va a ser tarea hercúlea. Más que los doce trabajos que le pusieron al héroe de la mitología griega. Y ya saben que, al final, murió abrasado.