Escribo deliberadamente estas líneas al amanecer este domingo 9 de noviembre. Antes de que suceda lo que vaya a suceder, en Cataluña. Llegó el día y de lo prometido por Mas no quedan nada. Solo un sucedáneo, inútil, y el lío de Rajoy. Pero, suceda lo que suceda este domingo 9, las cosas en Cataluña y en España están mal. Francamente mal.

Desde el Gobierno de España se ha alimentado al monstruo durante décadas de política de mira corta y vuelo rasante, de política mediocre de cortoplacistas ansiosos de mantenerse en el machito. Y en Cataluña, el dislate. Gobiernos de CiU mantenidos por socialistas y populares, un tripartito que pasará a la historia, Zapatero y su “aceptaré el Estatuto que venga de Cataluña”, y Mas, y Esquerra. Y mientras alimentaban el sueño desde las vísceras y las emociones, con toda la maquinaria propagandística de lo público en beneficio de unos y en exclusión de los otros, Cataluña, como tantos otras Comunidades Autónomas, resquebrajándose. Paro, las arcas vacías, la fractura de la sociedad en carne viva, la sanidad en crisis, la Justicia por los suelos, el desgobierno… Y buena parte de los catalanes ensimismados en lo identitario, centrados en fomentar la quimera. Para terminar en una pantomima, en un censo de pacotilla, en unas urnas de cartón y sin garantías jurídicas de ningún tipo. En una kermés sin gracia y con riesgos serios. Y profundamente antidemocrática.

Y Rajoy en la política de no aplicar la ley, haciendo caso omiso de sus obligaciones con el argumento de que actuar puede generar males mayores. ¿Mayores? Y confiado en que a partir de mañana el problema es menos problema. Cuando va a ser mayor, porque Mas está atrapado en su laberinto, insiste en el referéndum mientras Junqueras reclama directamente la declaración unilateral de independencia sin más miramientos.

Todo esto acabará con unas elecciones municipales en las que el independentismo va a cosechar un éxito importante y unas autonómicas en las que quizá a Mas no tenga mas remedio que concurrir en una lista única con los secesionistas. Y después, nadie sabe. Pero todas las soluciones son malas. Porque al problemón de Cataluña se une una España que se resquebraja, un bipartidismo que le ve las orejas al lobo, la corrupción galopante, la Corona de nuevo en entredicho, las encuestas que vaticinan tormenta. Y la sensación de que los actuales dirigentes de los grandes partidos son incapaces de actuar a modo, para recomponer un sistema que es víctima de un régimen que se descompone. No es solo Cataluña. Es España la que camina hacia el desfiladero. Este 9-N es uno más de los síntomas. Y quizá no el más grave