“Mi padre estaba en ello, mis amigos estaban en ello. Tal vez fuera demasiado vago como para hacer otra cosa”. Tony Soprano, mi Gandolfini favorito, decía esto tras advertirle a un sicario dubitativo: “Dirijo un puto negocio, no un concurso de popularidad. De eso se trata. De que me tengan miedo. Y recuerda que nosotros solo jodemos a quien merece ser jodido”. Era una ficción, sobre la mafia en los Estados Unidos. Pero tal cual es la realidad en México, en la política de quienes controlan el poder, porque los tres poderes de este Estado comatoso están infiltrados y conectados con las organizaciones criminales del país.

En el eje de todo está el narcotráfico, claro. Pero el drama es que en México narcotráfico y complicidad de las altas esferas de la política van de la mano, como es lo mismo hablar del hampa que de las Fuerzas de Seguridad del Estado, múltiples, excesivas, y todas ellas corrompidas hasta las cachas. Y lo peor, la consecuencia fatal, la impunidad. Saber, como saben todos allí, que la inmensa mayoría de los crímenes que se cometen cada día no serán siquiera investigados.

La realidad mexicana tiene sus complejidades. Hablamos de un país de los denominados emergentes. Donde los intereses de las grandes compañías de todos los países desarrollados son importantísimos, porque allí generan ingresos multimillonarios. México es un país estratégicamente clave para ellos. Y quizá ahí radiquen los problemas esenciales, endémicos, junto a su vecindad con los Estados Unidos.

Cualquiera que se interese por la realidad mexicana, que hable con quienes no forman parte de los circuitos de poder, que viaje hasta allí y trate de bucear en la realidad, se encuentra con que el país, aunque económicamente aparente funcionar, aunque forme parte del G-20, aunque disponga de recursos naturales formidables, es un país que política, social y moralmente va en retroceso.

Ahora es el cuestionado Peña Nieto. Antes fueron otros. Es igual. Cambian los Gobiernos y la cosa sigue igual, o peor. Como decía el cuento de Cortázar, el Estado es casa tomada. Es una olla podrida. Es un cementerio de país. La vida allí no vale nada, y si eres mujer o migrante vale menos que nada. Nadie está a salvo de desaparecer, y lo grave es que quienes te desaparecen saben que la impunidad es caso total, que no pasará nada.

Ahora, hasta los políticos de la oposición se plantean salir del país, exiliarse, porque en México discrepar y evidenciarlo es jugarte la vida, y muy en serio. Y los intelectuales. Y los periodistas. Si el  mejor termómetro para medir el grado de libertad y democracia de un país es la libertad de prensa, México está ardiendo, muy enfermo.

Me he preguntado muchas veces, y he preguntado a muchos mexicanos cómo es posible este estado de cosas si visto desde fuera hablamos de un país que aparentemente ha combatido duramente el narcotráfico. Si durante años las autoridades han capturado o matado a todos o casi todos los grandes capos que controlan el mercado. La respuesta mayoritaria que encuentro en el país me apuntan a una reflexión. Esto ha sucedido en todo el mundo, pero al final el crimen organizado provoca centenares de miles de muertos, de presos, y no se percibe ningún cambio a mejor ni en el consumo ni en el tráfico de las sustancias prohibidas. Y me añaden: “Todo lo bueno y lo malo de la lucha contra las grandes organizaciones de traficantes de sustancias prohibidas díselo a los Estados Unidos, ahí nace todo y ahí está la clave”.

La cuestión enlaza con uno de los ejes del debate mundial sobre el problema: legalización o ilegalización. Entre las víctimas, que son mayoría, todos están por lo primero. Entre los políticos próximos al poder, por lo segundo.

Hoy en México el grupo criminal que ejerce más control en todo el país son Los Zetas, que disponen de una organización estructurada, con franquicias en todos los Estados, que logra someter a los competidores en los diferentes mercados y que no solo se dedica al narcotráfico, sino que se lucra también de “mercados derivados” como el secuestro, la venta de secuestrados, la extorsión, el tráfico de migrantes y cualquier actividad que les genere un ingreso y les permita controlar a la población atemorizada y comprar legisladores, gobernadores, jueces, policías y militares. Hay coincidencia también entre los políticos opositores, los periodistas, los escritores y los cineastas con los que he hablado, bajo estricto compromiso de no revelar nombres: “en todo lugar el dinero lo puede casi todo. En México lo puede todo. Y el crimen organizado maneja millones y millones con los que engrasa la maquinaria, tiene entregados a funcionarios de todos los niveles, en toda la administración, no hay cuerpo que se libre. Son muchos años, decenas y decenas de años. Y aunque quienes vienen aquí a hacer negocios no quieren enterarse, la mayoría del país vive en la pobreza al límite de la exclusión, los cuerpos funcionariales no son ajenos a los salarios bajos, y son muchos años de miedo, y el miedo puede hasta con quienes pueden no tener problemas económicos. Estas organizaciones ejercen hasta el derecho de pernada”.

Y no sabemos ni la mitad. La prensa mexicana es cada día una crónica de sucesos descomunal. “Y los medios no publican tres cuartas partes de lo que sucede”. Y fuera de México solo prestamos atención cuando la cosa de sale de madre. Ahora ha sido la matanza de estudiantes en Iguala. Antes fueron las mujeres de Ciudad Juárez. Pero cada día son extorsionados, amenazados, secuestrados, desaparecidos o asesinados ciudadanos mexicanos, turistas, empresarios y migrantes. Y el miedo que inocula el crimen organizado es tan formidable que muchos no quieren ni denunciar. Y ese miedo se trufa con la desconfianza en quienes han de investigar, capturar y juzgar  a los criminales, porque muchísimos policías, militares, fiscales y jueces son cómplices, trabajan y cobran de las organizaciones criminales, y quienes son víctimas de ellas a veces prefieren no denunciar porque hacerlo puede ser comprar la bala que los remate.

Hablo también con personas que forman parte del stablishment. Y sostienen que “los periodistas extranjeros dibujáis un panorama que no es real y que perjudica al país. En México tenemos los mismos problemas que en el resto de los países desarrollados del mundo. No somos una isla en el planeta. Hay corrupción, pero desde el Estado se combate. Hay crimen organizado, y desde el Estado se les persigue con un nivel de eficacia destacable. Nuestro país es un país de oportunidades, y padecemos una campaña de propaganda internacional negativa injusta y lejana a la realidad”.

Después de algunos meses preparando un documental relacionado con México. Después de unos días nada entrañables en el país. Tras escuchar a bastantes mujeres y hombres que viven allí, uno se lleva sensaciones, que pueden ser equivocadas, sí, pero que son: México es no un Estado fallido,  es un Estado comatoso, en descomposición, donde la democracia y la libertad son un sueño lejano. Donde las flores son de fuego. Donde los autobuses al infierno viajan abarrotados. Un trópico del crimen.  Un homenaje a la desolación. Pero quede claro: soy militante del partido de los que nunca están seguros de tener razón. Aunque tenga sensaciones tras escuchar a los protagonistas. En sus palabras y en sus silencios. Y en México me he encontrado con silencios más elocuentes que el mejor discurso hablado que pueda escuchar. Silencios y miradas. Y ya se sabe que a veces los ojos hablan más que los labios.