Siguen cayendo piezas del puzle de la porquería que anega la política en España. Ahora Granados y una ristra de alcaldes populares y socialistas. El PP es un partido en el que seguro que la mayoría es gente decente, sí. Pero además, gente dócil y cobarde que no se rebela y pone pies en pared para que los que dirigen el cotarro desaparezcan y pueda respirarse aire limpio en el partido.

Rajoy ha entrado en el modo absurdo, que es donde se instala, junto a la mentira, cuando le vienen mal dadas. Y ahí espera a que escampe. Se limita a esconderse, a no utilizar el nombre y los apellidos de los que empapelan los jueces, a pactar silencios y a seguir a lo suyo. Lo hizo con Bárcenas, Lapuerta, Aznar, Rato, Acebes. Lo hará con Granados. Habla de esta corrupción universalizada y se refiere a “estas cosas”, como si no fuera con el esta plaga que amenaza al sistema.

Rajoy se ha instalado en ese absurdo insoportable, que le va a devorar. La investigación de la Audiencia Nacional acredita ya que el PP, con Aznar al mando, y con Rajoy al frente, utilizó dinero negro, en millones, para las obras de su sedes. Hay indicios acumulados de que, además, el PP disponía de una caja B con la que se pagaban sobresueldos y se falseaban los límites de los gastos para las campañas electorales. Y numerosos y cualificados dirigentes están empapelados por llevárselo crudo en operaciones ilegales de comisiones y otros asuntos sucios.

Me importa una higa si los delitos han prescrito, si la financiación ilegal no es tipo penal, si al final los jueces no pueden hacer justicia. Estamos acostumbrados. Lo que importa es que políticamente el PP debe una explicación, que pasa por Rajoy, y por Aznar, que sigue recibiendo dinero público a través de FAES y que sigue ocupando cargo en el PP.

La actitud de Rajoy, además de absurda, es un error, porque evidencia sentimiento de culpa y porque le lleva al borde del precipicio. Rajoy no ha salido a la palestra a dar la cara por ellos. Tampoco se los ha pulido con celeridad para dejar claro que no tiene nada que ver con la golfería. Rajoy, en su ausencia permanente, en su universo falso, nada entre varias aguas y va a terminar ahogándose. En Génova el edificio se derrumba. No se observa a nadie con cuajo para dar un paso al frente y cada mañana, al salir el sol, se barrunta un nuevo desastre. Y el miedo. Sí. El miedo que tienen a que alguno de los que tienen citas pendientes con los jueces se derrote ante los ropones y la líe cantando la canción triste de Génova Street. Es el pasado del PP, vale, pero en ese pasado tan próximo Rajoy ocupaba escaparate de privilegio.

Y ahora tratan de reactivar un pacto de regeneración. No cabe regeneración con quien ha fallado al designarles y, después, en el control de lo que hacían. Y menos aún si se ha escondido e, incluso, no ha dicho la verdad. Pero Rajoy está en modo absurdo. Trágico. Para el y para España. Solo las urnas pueden permitir pensar en soluciones. Y les tienen pánico. Porque por su mala cabeza nos pueden dar un susto. Pero es lo que hay. Trágico.