“Cataluña puede aspirar a mantenerse en el entorno del Estado español. Sería irresponsable llevar al país hacia un camino que significara una frustración colectiva … Yo apuesto por la España plurinacional … El concepto de independencia lo veo anticuado y un poco oxidado … España no es Yugoslavia. Además, entre Cataluña y España existen suficientes lazos e historia compartida como para tener muy presente este bagaje común, que se manifiesta incluso en la composición demográfica de Cataluña … No es el modelo del concierto lo que a mí me interesa, sino conseguir los mismos resultados … La Corona puede ser el vínculo que de estabilidad a un modelo de convivencia, pero también a una estructura plurinacional del Estado. En el caso de España, es una fórmula que funciona”.

Este discurso españolista no es mío. Le he robado estas palabras a Artur Mas. Sí, el mismo Artur Mas de la consulta, el derecho a decidir, la independencia, el trinque, las comisiones, la tela en Suiza, la senyera, la estelada y el lío. Se las dijo a Rafael de Ribot para el libro “Qué pensa Artur Mas”.  El libro se publicó en el año 2002. Entonces era primer consejero de la Generalitat con el corrupto Pujol de presidente. Antes había sido consejero de Obras Públicas y de Hacienda. Casi nada. La nuez de la inmundicia de las comisiones y la opacidad fiscal.

Ahora, consumado el reto al Estado, articulada la respuesta del Gobierno de España y montado el jaleo, llegarán la decepción, la frustración y la tensión. Porque Mas sabe que el camino iniciado no tiene más salidas. Y ha alentado a la peña, y se ha lanzado al abismo. Pero le faltan cuajo y nivel. Y sería cómico si no fuera trágico.

Recordar esas palabras de Artur Mas viene a cuento. Porque sí, la evolución en la forma de pensar, incluso el abandono de unas ideas y el abrazo de otras antagónicas, es legítimo. Pero no es el caso. Artur Mas, como tantos otros, siguiendo la estela de la familia Pujol, no ha mudado de ideología. Ha utilizado un discurso político perverso, se ha envuelto en el sueño identitario, ha engañado al personal, ha utilizado los medios públicos a su antojo y en su interés, ha construido un decorado de cartón piedra y ahora que la película llega al intermedio se da cuenta de que no tiene final. Es la negación de la obra. No había planteamiento, nudo ni desenlace. Sólo había, una vez más en la historia, una manipulación grosera y una excitación obscena de sueños, ilusiones y ensoñaciones que podrían ser legítimas, pero que han sido lideradas por un ejército de solventes insolventes que ahora se retirarán de la escena, con el riñón bien cubierto, y dejarán en pelota picada al resto de los actores de esta opera bufa en la que había exceso de figuración sin frase. El sueño hace tiempo que es una pesadilla incluso para quienes se lo creen. Más es un político nefasto, que no sirve ya ni para mártir. Es un hombre arruinado en su riqueza. Es un tipo poco recomendable que ha jugado a patriota y ha terminado como un pirata de agua dulce que abandonará un barco encallado. Una triste historia que aún no ha terminado.