Escribo estas líneas desde Puerto Príncipe, capital de Haití, en una isla que se llamó La Española. Este es un país en el que la tierra se ha abierto bajo los pies de sus habitantes muchas veces, y todo han sido escombros.  En el que la democracia no es ya ni un sueño. El único anhelo de la mayoría es comer. Y aquí sigue, en la miseria, inmensamente pobre, plagado de nadies de los de Galeano, que valen menos que la bala o el drama o la epidemia que les mata. Pero sigue. Tienen los haitianos mucha dignidad, y mucha fuerza, en el cuerpo y en el alma.

He vivido en Haití el espectáculo de España, con la auxiliar de enfermería atrapada por el Ébola, y la crisis catalana que no cesa, y las secuelas de las tarjetas Visa de la vergüenza. Y he sentido lástima, de España. Ha cundido la desesperanza y ha desaparecido la confianza en la clase política. Y se lo han ganado. Casi todos, y a pulso. Y no va a ser fácil recuperarla.

Fui partidario, y no me arrepiento ni modifico mi criterio, del traslado de Pajares y García Viejo a España. Acertó, en mi opinión, el Gobierno. Pero ahora escucho muchas voces que censuran la decisión tras contagiarse la auxiliar Teresa Romero por esta enfermedad maldita a la que casi nadie ha prestado atención mientras se llevaba por delante negros africanos, esencialmente.

Teresa creo que se equivocó en varias cosas, de ser cierto lo que he leído. Lo médicos y personal de enfermería están insuficientemente formados para el tratamiento del Ébola en España. Los protocolos oficiales eran palmariamente imperfectos y obsoletos. Los equipos de protección no eran los que debían ser. El Gobierno no ha dado una durante días en la gestión de esta crisis, severa, en el orden político y sanitario. Buena parte de la oposición ha actuado por mero sectarismo, trufado de oportunismo, en la crítica. A los expertos de verdad se les ha escuchado poco. Excesivos medios se han subido a la ola del sensacionalismo. Las redes sociales, una vez más, han ardido de ignorancia, revanchismo, mala educación e insensibilidad. Los más exóticos han tomado el camino de tratar de liarla en defensa de un perro con nombre de espada al que han dedicado en tres días más espacio que a todos los nadie víctimas del Ébola hasta la fecha. Y claro, la imagen de España, que ya estaba deteriorada, ha quedado por los suelos.

Estando lejos se lee más prensa internacional y se va más televisión planetaria. Y quizá la distancia refuerza la melancolía. Pero he sentido que nuestro país está por los suelos. Descosido política, social e institucionalmente. Y nos va a costar rehacerlo, volver a hilvanarlo siquiera. Requiere una limpieza a fondo de los andamios. Y los que deben ponerla en marcha siguen a lo suyo. Que casi nunca es lo nuestro.