Escribo estas líneas desde Puerto Príncipe, capital de la isla de Haití, antes llamada La Española. Por aquí se han cebado las desgracias. La tierra se ha abierto bajo sus pies varias veces. Todo fueron escombros, y siguen adelante con una dignidad asombrosa. En 2010 el planeta parecía que se volcaba para ayudarles tras aquel terremoto que en treinta y cinco segundos se llevó por delante 316.000 vidas. Dejó, además, 350.000 heridos. Un millón y medio de personas perdieron el hogar. Pero ahora, tras cuatro años, es evidente que una parte de la ayuda se quedó por el camino. Aterrizaron más de 12.000 ONG`S , pero quedan menos de mil en la tarea. Habrá que investigar este asunto de ayuda humanitaria, como tantos otros. Haití sigue siendo un altar de la miseria, pero en la indigencia y la penuria, este pueblo rezuma dignidad. A pesar de haber caído en el olvido hasta el siguiente drama.

Desde aquí he seguido a través de ABC el estallido de la crisis del Ébola, y en la lejanía he sentido pena. Sí, pena de España, de mi país. Puede que esté equivocado, pero he percibido una sintomatología de sociedad profundamente dañada en lo más hondo. Una víctima que ha cometido errores. Unos protocolos de tratamiento sanitario que no estaban actualizados. Una reiterada ineptitud e impericia gubernamental para operar con información en una crisis muy seria, de Estado, sanitaria y política. Un fanatismo, una intolerancia y un partidismo deprimente en las respuestas de buena parte de la política. Un alarmismo impropio en buena parte de los medios, y no es el caso de ABC (y ahora que me zumben). Unos manifestantes de ocasión que han aprovechado un drama para agitar pasiones bajas desde el desconocimiento. Y el espectáculo del perro con nombre de espada, y los manifestantes en su defensa, desmelenados, y la prensa y las puñeteras redes sociales que le han dedicado más espacio al can en tres días que a los cientos de miles de víctimas del Ébola en África en años. Pero esto es lo que tenemos. Con esta tropa convivimos.

El personal está harto ya de estar harto de todo, no confía en nadie, y menos aún en los políticos. Me cuento entre los desencantados con el régimen, muy en serio. Tengo trienios en la crítica a quienes nos han llevado al borde del precipicio. Pero me queda algo de sentido común, un poco, y no creo que ante un caso como el que nos ocupa, tan serio, de vida y muerte, quepan el juego ventajista, la revancha, la sal gruesa, la demagogia y el populismo barato. Deben conocerse todos los fallos para ponerles remedio. Habrá que constatar quien no ha actuado con diligencia en la medicina y en la política para pedir responsabilidades, hasta el final. Cabalmente. Con diligencia.

Hay muchos mundos más allá del confortable mundo, primer mundo le llaman algunos, en el que habitamos. Y conviene conocerlos. E indagar en los problemas que padecen antes de que nos lleguen al portal de casa. Para ayudar a resolverlos. Pero pillan lejos y normalmente afectan a los negros. O a los amarillos. Siempre a otros, que viven lejos. O sea, a los nadie, que ya se sabe que valen menos que la bala que los mata. O que la vacuna que podría salvarles la vida.