Continúa el espectáculo de esta España que se descompone en lo más serio. No cesa el aguacero de escándalos que anega la vida pública española. Siguen las tarjetas negras de la vergüenza en danza, cada paso más obsceno. Y lo que queda por saber de Cajamadrid y las demás, porque lo de las visas no es lo más gordo. Sale a escena el chaval Nicolás, paradigma de lo que muchos aprendieron en el esplendor del despelote económico. Y los que fueron engañados por el niño, en las más altas esferas, acreditan que en esos predios de oropel rebosantes de basura no es tan difícil tirarse el pisto y que te acepten como uno de los suyos.  Y cerramos la semana con el espectáculo de Rosa Díez, la generala de UPyD, liquidando a Sosa Wagner, que es peligroso porque piensa por sí mismo. Ya no hay duda. La democracia y la libertad no caben ni en un partido tan joven que vende ilusión y que tras esto quedará como una anécdota.

Uno de los males más dañinos de esta España enferma es el ínfimo nivel de nuestras élites políticas, que desde hace muchos años están copadas por hombres y mujeres de escaso fuste, vuelo intelectual rasante, chabacanos de médula, cuyo único mérito para haber sido elegidos es la acreditada capacidad de obediencia, servilismo, sumisión, sometimiento y servidumbre al que manda. No ya al que te designa, sino al que en cada momento se ha hecho con el poder en su universo. No han buscado la excelencia, la capacidad, la cualificación, las virtudes esenciales de quien va a dedicarse a la cosa pública. Los criterios de selección de personal en nuestra política miserable son mortíferos para un país desarrollado. Y ahora estamos pagando las consecuencias. Manda uno elegido a dedo que tiene sus protegidos. Los protegidos obedecen. Los que no están entre los protegidos se arrastran para ganarse los favores de quienes creen que tienen acceso al jefe.  Y entre todos ellos se lo guisan y se lo comen, y España vive en una conmoción permanente. Y los ciudadanos están desatendidos e indefensos. A la espera de que suene la flauta, que no sonará.

Pero tiene solución. Claro que la tiene. La mayoría de los españoles no quiere esta España de codicia, miseria y desvergüenza.  Este esplendor de la inmundicia. No hay que darle la vuelta a la tortilla, hay que hacer una nueva. Y se puede. Hay que reconstruir los cimientos con sentido común, patriotismo, altura de miras, sensatez, astucia, coraje, valor y recurriendo a cabezas libres y capaces de articular la construcción de un país nuevo. No tiene pinta de que los partidos que controlan la cosa estén muy por la labor de hacerlo. Andan demasiados ocupados en sus porquerías. Pero si no lo hacen, lo harán otros ciudadanos, otras organizaciones, otros partidos, pero más situados en esos extremos que terminan siempre volviendo a lo mismo. Los que creemos en el sistema, aunque nos repugne el régimen que se han montado quienes lo controlan, estamos convencidos de que se puede. Si los grandes partidos no quieren poder, vendrán los de Podemos, u otros que quieran poder. Y entonces a ver qué pasa. A ver que sale del invento. Lo único que parece evidente es que esto no puede y no va a seguir así.