Uno más. Ahora es Gallardón el que se va. En un gesto coherente, en la enésima despedida para quizá volver. Y Rajoy, que de nuevo acredita que no parece dispuesto a hacer política de fuste, y opta por un técnico, aseado, de perfil bajo que dicen ahora, en vez de abordar una reforma del Ejecutivo para hacer frente a los problemas severos que tiene España. Rajoy en estado puro. Inmune a las voces sensatas que claman por la regeneración de nuestra política. Pero claro, en su entorno, como casi siempre en los entornos de Presidencia, le bailan el agua. Porque le temen. De forma distinta a como temían a González o Aznar. Pero le temen. Porque saben que a su estilo, es implacable. Se carga a quien se tenga que cargar sin mover un músculo de la cara. Lo de Gallardón es todo un síntoma.

Y el lío de Cataluña. Manda narices. Un lío, dijo el presidente., el mismo presidente de la algarabía. Y no, en Cataluña no hay lío, lo que hay es un Gobierno autonómico que ha dado un paso ilegal. Y como hasta la fecha han percibido mansedumbre, Mas y la famiglia, de la mano de ERC, se han liado la senyera a la cabeza y pretenden saltarse a la torera la legalidad. Y Rajoy, que tiene muchos líos, sigue su camino sin inmutarse.

Dios quiera que le salga bien. Pero no es fácil. Ha llegado el momento de la verdad. Va de suyo lo legal, los recursos, el Constitucional y la cosa. Pero no es solo eso, ha llegado la hora de la política, porque los secesionistas, los de verdad y los de pacotilla que por interés espurio le han dado aire a la cometa, no se van a parar en barras. Y desde el Gobierno y la oposición hay que actuar con firmeza, coraje, valentía, audacia, sentido común y sentido de Estado.

Y la pregunta es si tenemos en el Gobierno de España quienes sean capaces de afrontar los retos, el catalán el primero, pero no el único, para salir de este agujero, de esta inmundicia económica y moral. Y hay dudas. Muchas. Y razonables.

Por eso lo de Gallardón es un síntoma. Porque entre los que se van que podían jugar un papel relevante en la partida, y los que se quedan, que están a lo suyo, que rara vez es lo nuestro, lo de todos, y los que llegan, que no ilusionan, se dibuja un panorama que no invita al optimismo. Y el populismo creciendo. Y la confianza del personal en la clase política por los suelos. Un síntoma de la gravedad de la situación. Y lo peor es que puede empeorar. Y eso tampoco sería un lío. Sería un drama.