El Rey Felipe VI en plena actividad, y el más sensato y moderado en la reacción al empapele de su hermana. Gallardón y Horrach subidos al monte en su papel equivocado. Montoro, en la lista de los listos de la Sicav, legal pero indecente en un ministro de Hacienda. La Selección española de vuelta a casa con un mal perder en muchos que no esperábamos, y que ensucia una derrota que algún día tenía que llegar. Rosa Díez con problemas en UPyD y rumores de cambios. Podemos, que siguen en boca de todos, y Pablo Iglesias colocando el disco de “the caste” en las ruedas de prensa europarlamentarias. Y Rajoy pergeñando algunos cambios para que todo siga igual, en el Gobierno y en cargos institucionales relevantes, sin interlocutor en un PSOE descabezado. Y Rubalcaba que se va, 21 años después. El patio nacional está calentito. Y en el verano no va a aflojar.

Rubalcaba se va, porque el PSOE se le fue, se le escapó del control hace ya tiempo. Ahora es elogiado por todos los popes del stablishment. Tiene razón cuando dice que en España se entierra muy bien. No hay como morirse, o apartarse, para que te hagiografíen a modo. Incluso quienes durante años te asetearon y te pusieron a parir, en un frenesí desbocado de insultos de sal gruesa. Yo sigo pensando lo mismo de el. Estamos ante un hombre inteligente; honrado con la pela, ahí sin mácula; taimado; punto sectario. Representa todo lo malo que para mí tiene la política. Estuvo con todos los que mandaban, traiciones mediante a algunos que le creyeron leal, porque el poder está por encima de los principios. Se destacó en la ocultación de crímenes de Estado cometidos desde un Gobierno del que formaba parte. Fue incapaz de ganar unas elecciones al frente de su partido, porque siempre anduvo muy cojo de liderazgo popular y militante; el siempre fue de elites e intrigas de despacho. En la hora undécima, sirvió a los más altos poderes del Estado, quiero creer que por convicción. En lo personal, le estoy agradecido porque la única vez que le pedí algo, entrevistas que no me concedió aparte, siendo ministro de Interior, tras sacarle de un Consejo de Ministros, puso en marcha un dispositivo que salvó la vida de 42 personas, entre ellas la un formidable periodista español que cumplía con su obligación, a la deriva.

Y ahora, veremos, que no es igual que podemos. En el PSOE se libra una batalla que va a ser larga. Dos dirigentes arrancan la carrera destacados. Eduardo Madina, impalpable, volátil, ocho años en el machito del partido y siempre de perfil, que se ha currado a los de arriba, y parece que apoyado por ZP en un aval que puede hundirle. Y Pedro Sánchez, que se lo lleva trabajando meses por abajo, a pie de militante. Le conozco bien. Sánchez tiene algo que le diferencia de buena parte de los políticos de ahora: buena formación, se ha ganado la vida fuera de la política, tuvo gestos de honradez y recorte antes de la crisis y escucha al discrepante. No se si es mucho o poco, pero en comparación con lo habitual, sale ganando de calle. Aunque de ambos esperaba más en sus discursos previos respecto a las grandes cuestiones de Estado que se están ventilando en la política española. No se si es estrategia o carencia de fondo. Lo veremos en breve

Madina parecía favorito, pero Sánchez le está ganando el paso. Cuenta con el apoyo de las Federaciones socialistas que históricamente han sido claves para alzarse al liderazgo. Tiene buen ver y buena planta. Veremos si los pronósticos se confirman en el Congreso que está al llegar. Y veremos después si no termina la cosa en una bicefalia que podría ser mortal de necesidad para el PSOE, vistos los antecedentes. Porque el PSOE, en esta encrucijada, se juega buena parte de su futuro. Y el futuro del PSOE es importante para el futuro de todos. Me lo decía el sábado un dirigente de los de toda la vida: “Estamos a un paso de que nos pueda suceder lo que a la UCD. No va a haber más oportunidades. O de esta reconstruimos el partido o se nos va la peña por la izquierda y la derecha”. Pues eso. Que lo tienen crudo. Y que acierten, por la cuenta que nos tiene.