Tras las urnas europeas y el aldabonazo que ha supuesto Podemos a izquierda y derecha, todo gira ahora en la política nacional en torno al problema de Cataluña. Un grave problema que no se va a resolver con posiciones inmovilistas, y que solo será posible solucionar con política y políticos de primer nivel, de entidad, con mitad de sensatez, y mitad de audacia. Si quienes tienen la responsabilidad de encontrar el camino y su final se encastillan en sus posiciones para que todo siga igual, lo pagaremos todos. Y muy caro.

A estas alturas de la polémica, muy emponzoñada, estoy entre quienes tienen claro que es necesaria y urgente una reforma de la Constitución de 1978. Es necesaria para que la Carta Magna siga vigente, para integrar en ella a una o dos generaciones que la sienten lejana, y para incorporar elementos esenciales de la regeneración política que necesitamos como el comer. Y además, si se hace adecuadamente, esa reforma servirá para desactivar parte del problema que tenemos en Cataluña, y con Cataluña, y también con otras Comunidades Autónomas, como la vasca.

La historia de nuestro constitucionalismo tiene mucho de trágica, pero permite aprender lecciones que aún hoy son útiles.  Si miramos a los países que lideran el mundo, prácticamente todos ellos han modificado sus Constituciones siempre que ha sido necesario. Considerar que nuestra Constitución es intocable (excepto cuando se hace de tapadillo y de forma impuesta por Europa) es esconder la cabeza debajo del ala. Nuestro régimen constitucional se ha agotado, no se corresponde con la realidad social y política de España, muestra síntomas alarmantes de descomposición y si no afrontamos nuestra realidad, nos sobrepasarán los acontecimientos y las posiciones más radicales encontraran un caldo de cultivo perfecto para reventarlo. Y de lo que se trata es de que la Constitución siga vigente y resulte un instrumento útil para consolidar el periodo democrático y próspero más largo que ha conocido España en su historia, a pesar de los pesares.

Del atolladero en el que está nuestra España de hoy no saldremos con leyes. No sostengo que esa reforma constitucional vaya a ser una panacea que por arte de birlibirloque solucione o solvente los problemas que padecemos. Necesitamos una política y unos políticos diferentes, decisión, coraje, sentido de Estado y capacidad de mirarse más allá de los ombligos. Pero algunas modificaciones legislativas, como la de nuestra Constitución, son esenciales para hacer posible la salida del impasse en que nos encontramos desde hace años.

De Mariano Rajoy depende que el cambio sea posible. Tengo para mí que en Pedro Sánchez, recién aterrizado como jerifalte del PSOE, puede tener un aliado leal, pese a algún error de recién llegado y a que ha de sortear enemigos internos que no se lo van a poner fácil. Veremos que sucede de aquí a septiembre. Poder, podemos. Otra cosa es que quiera quien tiene en su mano la capacidad de modificar el rumbo de los acontecimientos.