Una semana después de la abdicación del Rey Juan Carlos I, seguimos nadando entre la bacanal hagiográfica del monarca y la institución y la reivindicación republicana y del derecho a decidir. Lo primero, la oda al Rey, ha cundido en el papel, esencialmente. Lo segundo, el canto republicano, en los digitales más recientes. Pero no encuentro debates de fondo, serenos, fríos, sosegados. Percibo mucha afición estruendosa, mucho hooligan y mucha groupie a uno y otro lado de ambas fiestas.

Ya he escrito que las luces del reinado de Don Juan Carlos I son muchas más que las sombras.  Aunque las nubes venían de lejos, los sucesivos presidentes del Gobierno y los periodistas del régimen, como los san saru, los monos sabios del monasterio de Toshogu, no vieron, o no quisieron ver; no oyeron, o no quisieron escuchar y no dijeron, porque no quisieron, la verdad de lo que estaba sucediendo a ojos de todos. La actitud interesada, dolosa y culposamente acrítica hacia el Rey y la Corona de tantos que le han reído las gracias y lo errores ha sido funesta para Don Juan Carlos. Y así ha terminado la cosa. Creían que mantener la porquería en las cañerías impediría que saliera a flote. Y ahora ha anegado las aguas de la política y de las instituciones. Y el tsunami no tiene pinta de que vaya a parar.

Ya se que las monarquías son anacrónicas, pero buena parte de los países más democráticos y libres que he conocido son monarquías parlamentarias. Y se me ocurre más de una República en la que no me gustaría nada vivir.

Por ello creo que es bueno reiterar que es más que necesario que Felipe VI arranque con buen pie, acredite un coraje del que dispone y desde su papel moderador y de árbitro, efectúe una depuración de la institución, se gane a los ciudadanos y huya como de la peste  de la recua de cortesanos que tratarán de arrimarse para arrimarle al precipicio. Habrá que estar atentos a su discurso ante las Cortes, que marcará el camino. Muy atentos. Le toca excitar el ánimo regenerador de los partidos políticos, especialmente el PP y el PSOE, para consolidar una democracia, la nuestra, que está malita, muy malita.

Y ahí estará la clave. Parece evidente, ideologías al margen, que se impone desde hace demasiado tiempo una limpieza a fondo mediante una reforma constitucional de fuste, siguiendo los mecanismos que la propia Constitución tiene previstos. Y una vez elaborada por los legisladores, corresponderá a los ciudadanos, en referéndum, aprobarla o no.

Una vez que Don Felipe sea Rey habrá llegado la hora en la que PP y PSOE demuestren que han entendido el mensaje que el  personal lleva meses, años, transmitiéndoles, y que en las recientes Elecciones Europeas pasó de mensaje a bofetón estruendoso. Esperemos que sí. Pero la verdad, analizar cómo han hecho las cosas desde que el Rey tomó la decisión hasta le fecha no invita a un exceso de optimismo.