Dijo varias veces que no lo haría. Pero abdicó. Don Juan Carlos I de España, el mejor Rey de nuestra historia, hoy en la nuez del conflicto institucional, político y social que padecemos, decidió dejar paso a una nueva generación, la de Felipe VI. Y los cabreados, y el populismo, salieron a la calle, y los groupies del jaleo quieren forzar un referéndum en la calle, aunque saben que no tienen modo de alcanzar mayoría para traernos la tercera República ahora.

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Don Juan Carlos I aparentó el lunes fragilidad, como la propia institución. No me parece cuestionable que las luces de su reinado son infinitamente mayores que las sombras, pero el final ha llegado en la penumbra generada por errores de bulto, suyos y de quienes en vez de serle leales, actuaron como interesados cortesanos de tercera y le bailaron el agua y le rieron las gracias sin gracia, los fallos y los descuidos. Y se pira en mal momento. Así lo creo. Con un Gobierno débil y carente de liderazgo, un partido gobernante entoldado por la corrupción, una oposición como pollo sin cabeza, problemas de configuración territorial severos, un mapa político que amenaza dificultades para gobernar, el personal sin un duro y sobrado de indignación, y Europa apretando aún más las clavijas. Y por sorpresa y como a la carrera. Sin una explicación detallada. Con apariencia de dimisión. Y es sabido que las prisas nunca son buenas consejeras. Y al irse, ha colocado al stablishment en situación difícilmente sostenible. Dejando la impresión de que algo serio, grave, ha sucedido que desconocemos, pero sabremos. Y con incógnitas de fuste que quedan abiertas: la inviolabilidad de Don Juan Carlos I cuando deje de ser Rey; qué hacemos con el ahora, o sea, su propio estatus cuando Felipe VI acceda al trono; el orden sucesorio, y la propia situación del presidente del Gobierno en el momento en que tengamos nuevo Rey, que puede ser compleja y delicada, como bien planteó ayer el profesor Jorge de Esteban.

Felipe VI, un hombre sobradamente preparado, aterriza en mal momento. Pero, de la necesidad virtud, si actúa desde el primer instante con talento, sentido común y coraje, sí, coraje, ímpetu, decisión, ánimo y valor, puede revitalizar la institución, reforzar su  credibilidad y liderar, como supo hacer su padre hace 39 años, un proceso reconstituyente en España que estimule el ánimo de una ciudadanos bajo mínimos y suponga la regeneración de un sistema que hace aguas y que merece ser revitalizado, porque no se ha inventado uno mejor. Pero ello pasa, entre otras cosas, por una reforma constitucional ineludible, a fondo, que refrende una generación ya impaciente, que incorpore a quienes no habían nacido cuando aprobamos el texto del 78, que resuelva el problema territorial, que permita profundizar en la democracia, que posibilite limpiar un ambiente político e institucional ensuciado por años de desastre y que haga posible una España moderna, del Siglo XXI.

El reto de Felipe VI es formidable. Por lo que le conozco, tiene capacidad y cualidades para solventarlo con creces. Pero no solo depende de el. Y ahí surgen más dudas. ¿Estará a la altura un PP liderado por Mariano Rajoy, refractario a nada que no sea esperar que escampe cuando llega la lluvia, aunque el diluvio nos ahogue? ¿Y el PSOE, descabezado y enfrascado en una batalla interna profunda y con la presión de quienes reclaman un ejercicio de fe del republicanismo que llevan en sus genes? ¿Y los partidos que luchan por jalar el agua de la desesperación a su molino de posibles votos y escaños? ¿Y los empresarios que controlan el cotarro y que han manejado la cosa a su capricho y a la sombra que más les cobijaba a ellos mientras la peña se quedaba desnuda? ¿Y los ciudadanos, hartos ya de estar hartos de un régimen que ha permitido que lleguemos a donde hemos llegado, a pesar de tantas advertencias que han caído en saco roto? ¿Y los medios de comunicación, entregados a la molicie y al servilismo utilitarista? Pues sí, ahí tengo más dudas. Por eso creo que el Rey se ha ido en un momento inadecuado. Si Felipe VI acierta, y puede hacerlo, será posible que España encadene otro 36 años de paz, progreso y bienestar.