Clayton Lockett fue ejecutado la pasada semana en la prisión de McAlester, Oklahoma. Lockett había confesado haber asesinado a una joven de 19 años, Stephanie Neiman, a la que secuestró, disparó varias veces y enterró aún con vida. Lockett no despertaba simpatía o afecto ni a su madre.

Nos lo contó en ABC, con prosa descriptiva de gran periodista, Emili J. Blasco. “Oh man”, dijo Lockett al despertarse de pronto sobre la camilla de ejecuciones, después de que las inyecciones letales que le aplicaron no surtieran efecto. El canalla de Lockett vivió un infierno de 43 minutos desde que se le inyectó el primer fármaco de los tres que componen el protocolo mortal de la inyección letal (benzodiacepina para sedar al reo, bromuro de pancuronio para paralizar la musculatura y cortar la respiración y el cloruro de potasio, que detiene el corazón) hasta que alcanzó la muerte. El alcaide, eso sí, le colocó una sábana sobre la zona pélvica. Consideró que los testigos podían ver su agonía, pero no sus genitales. Durante esos minutos Lockett sufrió convulsiones y se retorció en la camilla tratando de zafarse de las ataduras, y llegó a decir: “algo no funciona”. Y sí, algo no funciona. Ni en esa cámara de la muerte de McAlester ni en los Estados Unidos de Norteamérica.

No justifico un ápice la conducta del asesino. Pero en el Siglo XXI, en un país democrático, el espectáculo de cruel venganza despiadada, resulta intolerable. Y no son solo los EEUU. Muchos otros países siguen ejecutando condenados.  Y no cabe una forma humana de ejecutar.

El asunto genera aún debate social y político. Oponerse a la pena de muerte no significa minimizar, disculpar o justificar los delitos por los que fueron declarados culpables los condenados, ni menospreciar, o subestimar, el sufrimiento de los familiares de las víctimas. Ningún daño se repara con la ejecución de un reo. Y la pena no funciona como elemento disuasorio para la comisión de delitos. Por no hablar de los riesgos ciertos de ejecutar a un inocente o de los regímenes dictatoriales que la utilizan para la eliminación de los disidentes.

El espectáculo de Oklahoma fue una tortura repugnante, malvada, inhumana. Un castigo cruel e inaceptable. Ni el más despreciable de los seres humanos merece un trato tan insuperablemente degradante. Una venganza de este calibre no se condimenta ni en el infierno. Y no es posible permanecer callados. O dedicarle espacio en los medios sólo cuando la muerte se convierte en espectáculo dantesco. Como en tantos otros asuntos, sirven las palabras de Niemöller: “Cuando vinieron a por los comunistas guardé silencio, porque no era comunista. Cuando vinieron a por los socialdemócratas, guardé silencio, no era socialdemócrata. Después vinieron a por los sindicalistas, y callé, porque no era sindicalista. Cuando vinieron a por los judíos no pronuncié palabra, porque no soy judío. Y cuando finalmente vinieron a por mí, no había ya nadie que pudiera protestar”.