La imagen de Eduard Korniyenko me ha trasladado en un instante a Sierra Leona, donde vi a tantos niños con la voz sellada por el horror inenarrable, el pavor de niños forzados a drogarse para, idos, convertirse en soldados, capturar a más niños, matar a sus propios familiares, incendiar poblados, matar a sus vecinos, beber la sangre y comer el corazón de prisioneros ejecutados, y volver a drogarse para seguir matando en un país que quedó repleto de mutilados. Esta foto me ha revivido parte de las peores imágenes que retengo en mi alma, imborrables, como icono de la maldad que puede anidar en los humanos.

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