Me da que, en verdad, aquí, al personal los inmigrantes, sobre todo los negros, condenados a vivir, le importan lo justo. O sea, entre poco y nada. Ocupan portadas, si hay oleada populosa sobre la verja culminada de cuchillas y de cámaras de grabación nocturna. O en las playas del Atlántico. O sobre los malecones de Lampedusa, o cualquier otra costa en el Mediterráneo. Pero, en realidad, son la guinda, en la política y en los medios, cuando se agotan los temas recurrentes de siempre. Y entonces le damos un poco de color a la apertura con los negros que huyen de la miseria, los nadie, los despojos. Calderilla humana que nos traen el dolor profundo de África concentrado en su voz cuando gritan “España, España, España” encaramados a lo alto de la valla, o “Italia, Italia, Italia” al alcanzar exhaustos el puerto.

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A los negros, durante siglos, nos dedicamos a cazarlos en sus tierras y a trasladarlos como esclavos para explotarlos en América, cuna de nuestras ambiciones y nuestra codicia. Ahora, en plena era de la globalización, los negros huyen desesperados de sus países, esquilmados por los blancos, para buscarse la vida, o la muerte, entre nosotros. Y aquí, les suministramos haloperidol, les ponemos cupo, se lo quitamos, les colocamos cuchillas en la verja, les disparamos pelotas de goma o les invitamos a ahogarse ellos solitos. Y después le damos bola a la polémica. Hablamos de alarma social. Debatimos en nuestros Parlamentos. Lo comentamos en las cenas.

No hablo de España. Hablo de Europa. De esa Unión Europea que es un desvarío. A quienes gobiernan el continente parece importarles una higa la pobreza infinita de estos millones de seres humanos. A esa peña les trae al pairo. Mientras el olor de su indigencia y su penuria no le llegue al zaguán, pueden morirse en su desgracia. Y como son gente de orden, les tranquiliza que, a los que llegan, cuando no están presos, les están buscando para encerrarlos.

Hay millones en Africa, esperando. Buscando camino para llegar a este primer mundo. Quizá si nos conocieran mejor, se quedarían. Pero nuestra pobreza de hoy, tan prolongada, es lujo millonario para unos seres humanos que navegan la vida en un mar sin agua. Su continente sufre una explosión demográfica, una inestabilidad política y una miseria que permiten intuir una presión migratoria creciente. Y Europa, frente a esta realidad, mira a otro lado, insiste en políticas que a algunos nos están dejando tiesos, y recorta también los fondos de ayuda a los que lo necesitan. Y en este plan suicida. Porque el asunto es de entidad. Y si no lo solucionamos, nos estallará, cuando el remedio sea más difícil y costoso.

No he encontrado palabras que resuman mejor lo que siento ante este drama que las escuchadas al Papa Francisco en Lampedusa, hace cinco meses: “Solo me viene la palabra vergüenza. Es una vergüenza. Somos una sociedad que ha olvidado la experiencia del llanto. La ilusión por lo insignificante nos ha llevado a la indiferencia hacia los otros, a la globalización de la indiferencia”. Sí. Siento vergüenza. Inmensa. Colosal. Infinita vergüenza. De nosotros.

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