En los próximos dos años algunos se juegan lo suyo. Pero nosotros, los ciudadanos, nos jugamos el futuro. Hablar de política solo tiene interés si hablamos de la política de los clásicos. La política es de los ciudadanos. Promueve la participación para distribuir el poder en busca del bien común. En una sociedad libre, conformada por hombres libres, es la actividad de quienes resuelven los problemas de la convivencia colectiva.

Se acercan las elecciones al Parlamento Europeo. Esta cita electoral abre un período que nos va a mantener en campaña hasta el 2015. Porque a las europeas seguirán las municipales y autonómicas para culminar con las generales, que son la clave.

Al margen del tostón mitinero que se avecina, hay mucho en juego para todos, ya digo. Y mucha incertidumbre. Los grandes, PP y PSOE, con el agua al cuello, confían en salvar los muebles. Los pequeños aspiran a crecer y hacerse deseados, por necesarios.

Los estudios serios acreditan que la sociedad española es mayoritariamente de centro, pero escorada claramente hacia el centro izquierda. La extrema izquierda no solo no desaparece, sino que crece ligeramente y la extrema derecha es residual.

La izquierda, dividida, con múltiples batallas fulanistas en todos sus frentes y organizaciones, rentabiliza las consecuencias principales de la crisis: el empobrecimiento masivo de la clase media y la desigualdad social. Y al amparo del cabreo general, surgen nuevos líderes radicales que buscan su sitio con un discurso que acredita que, para algunos, el comunismo ortodoxo sigue más que vigente. Y con sus prédicas y alegatos bien armados, atizan al sistema para regocijo de la peña cabreada.

Los nuevos movimientos más modernos, ideológicamente transversales como buena parte de los ciudadanos, tienen dificultades para armar unos cuadros que les permitan competir con los grandes partidos.

Y la derecha. ¡Ay!, la derecha. Las escisiones que le han surgido le han hecho pupa al PP, sí. Pero su drama es esa creencia tan cortoplacista e insólita, muy propia de opositores al fracaso, de creer que la política es solo gestionar la economía, además al servicio de otros. Y no. La política es gestionar la cosa pública, claro que sí, pero debiera ser además, y sobre todo en esta España nuestra, cimentar la regeneración del sistema, liquidar el actual régimen, construir un discurso político que estimule la participación. Hacer política clásica y a la vez contemporánea. O se lo toman en serio PP y PSOE, tan parecidos, tan gemelos, o se desangrará la política por las costuras del régimen. Y cuando una pequeña parte de la ciudadanía comience a percibir síntomas de recuperación, y la mayoría siga en el pozo, entonces es cuando el riesgo de implosión de ciudadanía será más grave. Y más real el fin de la política y de nuestro futuro. ¿Lo vamos a permitir?