Ni nosotros mismos nos pondríamos de acuerdo a propósito de qué es el periodismo. Es un sacerdocio, este oficio, pero además el termómetro del nivel de libertad de un país. Debiera servir para hacer del mundo un lugar mejor. Se trata de empeñarse en buscar la verdad, de perseverar peligrosos para los poderosos, contando todo aquello que es relevante, mayormente si alguien poderoso pretende que no se sepa. Se trata de enterarse de lo que sucede, verificar la veracidad de lo que te cuentan, escribirla y divulgarla por tierra, mar y aire. No publicar la información cuando se tiene, plegándose, incluso, a un poder empeñado en ocultarla, es como no decir la verdad. O como no salvar a un hombre que está al borde del precipicio. Se trata, en fin, de destapar la verdad para descubrir la mentira. Y vivimos ahora un tiempo de mucha propaganda y poco periodismo. Un presente totalizante y totalitario, que diría Sciascia, que se presenta con tal abundancia e inagotables bienes, y males, de consumo, y generando tal abundancia e inagotables concatenaciones de insatisfacciones, que no deja ningún resquicio a la memoria o se esfuerza por corroerla allí donde sobrevive.

El patio nuestro lo cubren nubes oscuras. En Zarzuela se aplican en la declaración de la infanta del próximo sábado. Y algo de transparencia. Me importa una higa si desciende la rampa pasito a pasito o en coche. Lo esencial es lo que cante. Y sus consecuencias. Porque después de escuchar a Rajoy con Lomana, parece tarea hercúlea evitar que al final  se vaya de rositas.

El PSOE se desangra en batallas internas de fulanismo estéril. Rubalcaba está cerca de cercenar cualquier posibilidad de los aspirantes a sucederles. Se cambia todo para que todo siga igual.

El PP pelea por apropiarse de la memoria de los muertos con parte de las víctimas que se sienten abandonadas por los que creían que eran los suyos. Y, además, se monta en un auditorio al que llamaron Miguel Delibes una orgía terapéutica de consumo interno. Prepara el programa electoral con el que nos engañarán en las próximas elecciones. Sus conclusiones son la repanocha. El no va más. Rajoy promete “bajadas sucesivas de impuestos”.  Montoro dice que van a bajar los impuestos porque “es lo que sabemos hacer”. De lo que es legítimo deducir que hasta ahora los han subido desde la ignorancia. En los pasillos se conspira, apelando a la unidad, y navaja en ristre, como en todos los bajos fondos que se precien. Y Cospedal se sale con la sentencia definitiva: “Es el PP o la nada”. Y la UDEF certifica que Cascos se lo llevó calentito.

Las empresas del IBEX 35 a lo suyo, y controlándolo todo entre bambalinas, una vela a Dios y mil al diablo. Manejando el cotarro y manteniendo el circo.

En gran medida, bajo responsabilidad rápida, depende de los periodistas que España deje de ser una marca ya de tercera para ser un país serio, solvente, decente y democrático. Allá cada cual con su conciencia. Desde la nada, yo pienso seguir siendo periodista.