Sus señorías debaten sobre el estado de la cosa y la Nación, ¿qué hace la Nación? Hablar de política. Porque desde los griegos, todo es política. Y quien no participa de la política es un idiota. Sí, idiota, de “idiotes”, alguien que termina reducido a su propia particularidad, a su propio yo, lo que le convierte en incapaz para comprender su condición social y vivirla en libertad. Aquellos que no se ocupan de los asuntos públicos, sino únicamente de sus intereses privados. O sea, lo contrario a “polites”. Los no ciudadanos, hombres vulgares, carentes de ningún valor, ignorantes, indoctos.

La semana pasada el senador Francisco Granados, quizá sin ser consciente de ello, colocó el asunto en el escaparate. Tras conocerse su cuenta millonaria en Suiza, y dimitir, Granados dijo que se piraba, sustancialmente, porque llevaba dos años en el Senado limitándose a apretar un botón cuando se lo mandaban y en el sentido que le ordenaban. Lo que viene a ser, para entendernos, tocándose los huevos. No dijo que pensara devolver al erario el salario cobrado en su periodo de entrega a la vagancia y la molicie.

Nadie sensato lo duda. O los dos grandes partidos se toman en serio la regeneración del sistema o el sistema se va al carajo. Más pronto que tarde. La crisis moral e institucional es severa. Y únicamente la evidencian los protagonistas cuando abandonan la política tras ser apartados por los pocos que mandan, que son quienes controlan los partidos. Quienes señalan con el dedo a los elegidos y a los proscritos.

La política en esta España bipartidista que se agota, es un sistema cerrado, malsano, corrupto, pobre, miserable, en el que impera en los partidos la omertá siciliana, esa ley del silencio que condena sin defensa a quien osa plantarle cara a los capos.

Y la coyunda entre el poder político y el poder económico, el establishment, lo puede todo. Hasta marcar el rumbo de los medios sometidos a la presión de los mercados y el latigazo de la crisis económica. Y esa élite trufada de opositores y profesionales de la cosa  dibuja un paisaje político intelectual en el que no florece ni un cáctus. Luce como un desierto en el que respirar es un milagro y en el que los que piensan por sí mismos quedan condenados al ostracismo.

Llegados a este punto, en pleno debate del estado de la Nación, empiezo a pensar que los idiotas, los que se ocupan sólo de sus asuntos propios, de lo particular suyo, desdeñando la cosa pública, son ellos: nuestros políticos. Así, quienes se consideran apolíticos tienen un drama: que están gobernados por personas que se interesan, y mucho, por la política más obscena y repulsiva. Por idiotas.

En fin. Que el estado de la Nación es comatoso. Las evidencias son incuestionables. Lo que distingue hoy nuestra política es la supremacía abrumadora de lo idiota. Y en este plan.