Podía haber escrito esta semana de la banal pelea de gatas en el PP a cuenta de los dedazos en las designaciones. O del dislate de la política en lo que afecta Cataluña. O de la declaración, de amor, de la Infanta ante el juez Castro y la compaña judicial. O del horror que no cesa con los nadie que cada día mueren tratando de llegar a un primer mundo de amparo, condenados a muerte por la vida.

Iba de vagabundo en esas dudas. Pero entre la mugre que nos rodea hay un asunto especialmente estremecedor que ocupa titulares. Aunque menos de los que merece. La ONU reconviene a la Iglesia católica por sus tejemanejes encubridores con los curas pederastas. Vale. Sale gratis zumbarle a la jerarquía eclesiástica, que no es santo de mi devoción, como yo no lo soy de la suya. Y son muchas las culpas de estos santones en esta materia repulsiva. En la violación y el abuso de niñas y niños sobre los que se ejerce la fuerza, o el encandile, para apiolarles en su indefensión.

Pero la ONU, ¡por Dios!. La ONU mejor haría en aplicarse el cuento con tantos y tantos casos equivalentes en los que ha incurrido su gente. Aún no se ha repuesto mi alma de lo que vieron mis ojos en Sierra Leona, hace no tanto. Soldados y oficiales, con galones y sin vergüenza (y alguno de Cruz Roja Internacional), obscenamente obesos, cenando a la luz de las velas en Freetown junto a niñas y niños que, tras padecer una guerra más cruel que casi todas, padecían ahora a quienes se presentan en la miseria para salvar al personal reventando sus entrañas.

No prestamos atención ni interés suficiente a tantos abusos de menores que se perpetran en todo el mundo a los ojos de todos. Marcelino Madrigal libra una batalla en solitario contra los pederastas y paidófilos que pueblan las redes sociales y el universo internet, y le llaman loco, y pesado, y levantan sospechas malignas a su alrededor. No hay que irse al tercer mundo. Aunque allí resulta más sangrante. Aquí, a la vuelta de cada esquina, hay depredadores de menores a los que no se persigue con el ahínco necesario. Y nos andamos con mil zarandajas leguleyas y policíacas en la persecución de estos canallas. Excusas pobres para limpiar conciencias.

Hay mucho farsante, hipócrita e impostor en la materia. Vivimos demasiado ocupados en nuestra bobadas de cada día, y abandonamos las causas esenciales.  Como esta. La persecución infatigable de quienes abusan y violan a menores de toda condición en todo el planeta. No es cosa solo de entornos de pobreza o exclusión social. No es asunto marginal. Ahí mismo, en la puerta de enfrente, sucede cada día.

Mientras no dediquemos, sin paliativos, recursos en serio a acabar con este horror, y sus consecuencias devastadoras, sería de agradecer, al menos, que instituciones con el techo de cristal no se lanceen entre ellas utilizando como arma repulsiva esta barbarie repugnante. Por respeto a tantas niñas y niños devastados.