Se ha formado el alboroto, y no cesa. En el PP, donde habitan los mansos, donde domeñan al personal, se ha roto el silencio. O sea, que al fin la peña habla. Se acercan elecciones, Cospedal ha ordenado patear la calle y hay que poner la jeta para mendigar votos ahora que los partidos están más perdidos que nunca y más lejos del personal que en la vida. Y hay dirigencia cabreada con el Rajoy silente que deja que todo pase para intentar permanecer él. Pero ahora, la Ley del aborto de Gallardón ha abierto una espita inesperada. Ha alborotado el PP, ha incendiado los pasillos de Génova 13, devastados y anestesiados por Bárcenas y sus secuelas. Donde siempre, excepto algunas veces, se extendía el silencio desolador de los corderos, arde ahora el miedo a la derrota.

Presidentes autonómicos del PP como el moderno extremeño Monago, el aspirante gallego Feijó o el católico burgalés Herrera, han asomado la cabeza contra el proyecto de Ley de Gallardón. Y no callan. Pero, quizá sin saberlo, la lenguaraz Celia Villalobos, vicepresidente del Congreso insólita, ha puesto el dedo en la llaga de un asunto de fondo, relevante. Lo hemos vivido parecido en el PSOE catalán. Villalobos ha pedido libertad de voto para el asunto. Lo cual es una forma de agitar el patio y calentar la cosa, porque la libertad, en general, se conquista y se ejerce, no se mendiga ni se otorga. Y Villalobos sabe de esto, porque mamó en el comunismo y fue, en su día, aunque no lo sepan muchos, estandarte de la izquierda caviar, o de la izquierda sucré, que es como llama Wendy Guerra a los que fueron a Cuba a endulzarse y cayeron en la trampa, que no era una trampa, sino una utopía.

La Constitución prohíbe de forma nítida el mandato imperativo. Los diputados representan la soberanía nacional, y no deben obedecer más orden que la de su conciencia, y en su conciencia debiera estar la ciudadanía. Pero los partidos se pasan la Constitución por el forro, les importa una higa, e imponen disciplina bajo sanción.

Ni libertad de voto ni monsergas. Cualquier asunto, y más aún aquellos que afectan a las convicciones más íntimas, a la moral o a los derechos fundamentales, han de abordarlo sus señorías desde la libertad. Con un par. Ni obediencia debida, ni multas ni cantinelas.  O libertad, o coger las maletas e irse a casa, a ser libre, pero sin escaño, sin sueldo público, sin mamandurrias. Pero claro, para eso hace falta un valor que a los electos se les supone, y del que carecen, en general. Porque los que mandan son los que hacen las listas, o sea, los que posibilitan seguir en el butacón con orejeras de lo público. Donde algunos están, quizá, desde antes de nacer.

O sea, vicepresidenta, presidentes, dirigentes del PP que plañen su reclamación de libertad de voto. Y algunos voto secreto, acoquinados. Toca cumplir con su obligación, por una vez, y respetar la Constitución vigente, echarle un par de ovarios, o de cojones, y a votar en conciencia. A ser libres. A ver si de una vez la casta se sacude la mansedumbre obediente. Y “tendremos un mañana colmado de días azules y soleados”, como le gustan a Rajoy.