Conocí a Cake Minuesa en el Instituto Tracor que preside José Antonio Puente. Se apuntó a un máster, porque amaba la televisión. Desde el primer día advertí su talento, su bendita pasión por el oficio, su cuerda locura.  Percibí a un buen periodista y a un hombre bueno. El sábado, en el matadero de Durango, Cake Minuesa, reportero de Daños Colaterales (Intereconomía), dignificó la profesión. No buscaba protagonismo. Quien así lo piense no conoce a Cake. Se rebeló ante la negativa a responder de más de setenta matarifes que escenificaron una liturgia repugnante.

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Allí estaban los asesinos, contra fondo negro, como no podía ser de otro modo. Allí estaban, en un matadero, atinado lugar para una recua de canallas. Presentaron como rueda de prensa un mítin, pura propaganda de una pandilla de etarras. Sí, son ex presos, pero no ex etarras. Y, de saque, anunciaron que no aceptarían preguntas tras el discurso. El oficiante estaba bien elegido: José A. López Ruiz, “Kubati”, el tipo que asesinó a su colega “Yoyes”, en presencia de su hijo de 3 años. La mato por querer lo mismo, pero sinceramente. El ritual miserable. Y los periodistas, allí se quedaron. Nadie se levantó y se fue. Como siempre. Pero en este caso, quien oficiaba era ETA.

Los etarras del matadero, travestidos de víctimas, justificaron su existencia, exigieron una amnistía, responsabilizaron al Estado del “conflicto”, reclamaron un sitio en la política democrática, pusieron su “experiencia y vivencia al servicio del proceso” y reclamaron el derecho a decidir. No pidieron perdón, no expresaron una brizna de arrepentimiento, no exigieron a ETA su disolución, ni siquiera que entregue las armas. Y claro, al final, Cake, que es periodista, y ser humano, se levantó y preguntó, que es lo suyo: “¿No van a pedir perdón? Si habláis de un conflicto, de un problema, de paz, yo creo que lo suyo es pedir perdón. Algunos os arrepentiréis y querréis pedir perdón ¿no? ¿No tenéis nada que decir?”. Cake fue el único que preguntó en una rueda de prensa, y los sicarios de los matarifes le echaron a empujones. A él y al cámara Javi Santana. Y del resto de los periodistas no salió una sola expresión de queja o denuncia. Que tristeza. Y ya en la calle, asediados por simpatizantes de los asesinos, a Cake y a Javi pretendían impedirles que grabaran. En la calle. Porque la perciben suya. Y no había un ertzaina. Ni un policía para protegerle. Tienen razón los matarifes cuando escupen a las víctimas “los nuestros en la calle y los vuestros en el hoyo”.

Por eso Cake Minuesa me reconcilió con mi oficio. Porque cumplió con su obligación. Porque hizo lo que debía. Quedarse y preguntar. No aceptar los hechos consumados de los asesinos. Lo triste es lo de los demás colegas, que se mantuvieran en ese silencio manso.  Que nadie se levantara a protestar. Por más que alguno aplaudiera a Cake. Pero, claro, han de tener directores que prohíban quedarse si no se aceptan preguntas o que obliguen a preguntar para que consten. Como constan las de Cake Minuesa. Sin más respuesta que los empujones agresivos para echarle a la puta calle.