Lo de Miguel Blesa al frente de Cajamadrid es terrorífico. Dos de los pocos medios digitales solventes, “Infolibre” y “eldiario”, han levantado las alfombras con los correos electrónicos de Blesa, un hombre que para alcanzar la cúspide de una entidad bancaria de primera línea, presentaba como todo mérito las credenciales de amigo íntimo de Aznar y cía. O sea, que colocaron a un obediente en la copa para disponer de la corporación a su antojo y beneficio.

Por esos correos nos hemos enterado de hechos vomitivos: Blesa fue solícito con Aznar y se empleó a fondo en la evolución de los negocios de Einsa, compañía de material bélico para la que el ex presidente del Gobierno hacía gestiones por el mundo. Los correos delatores nos han mostrado como una sobrina le decía a Blesa, “querido tío Miguel, te escribo para pedirte tu apoyo en caso de que sea necesario” en relación con un préstamo. Y el tío le reenvío la misiva a un subalterno con una orden tajante: “Lee la carta de esta sobrina mía…Habrá que echarle una mano, y pronto”. Y por esos mismos correos vemos cómo los consejeros tenían tarjetas de crédito “Visa Black”, negro a efectos fiscales, claro. A Blesa se dirigía también la secretaria de Esperanza Aguirre, y él actuaba rápido con sus mandados: “Nos envía este asunto la secretaria de Dña. Esperanza Aguirre. Su prima ha tenido un problema en la concesión de una hipoteca en la Caja”. Y le remitía el caso a uno de sus lugartenientes con una orden diáfana: “Hágalo”. Y el secretario del Consejo le advertía a Blesa cuando amenazaba lluvia:“Tienes que estar avizor. De las dos facturas que enviaron del PP de Madrid para su abono por la Caja, una es de una sociedad que aparece en la prensa estos días. Yo tengo los papeles bien guardados, pero no respondo del entorno”. Una orgía obscena de favores entre los miembros y allegados de un reducido clan de políticos que resolvían sus problemas y los de su peña con el parné de una Caja de todos.

En honor de Rafael Spottorno, actual jefe de la Casa del Rey, entonces director de la Fundación Cajamadrid, digamos que se opuso a todos los chanchullos que le planteaban. Informó contra la adquisición de la obra de un acreditado artista amigo de Aznar, por “disparatada”. A raiz de ello, Mercedes de la Merced, entonces consejera de la Caja, le escribe a Blesa: “Me dice el alcalde (Gallardón) que Aznar está triste por la negativa a su proyecto, Alberto también está triste, ¿no se puede retomar?, ¿quién lo vetó?”

La Cajamadrid de Blesa y sus amigos no era una Caja, era un tugurio de quinta que apestaba, una guarida de delincuentes del dólar cuya juerga plena ahora pagamos todos. Blesa pasaba de comprarse un Ferrari de 30.000 euros a las cacerías millonarias. Y ordenaba llenar la nevera del despacho con caviar Beluga Royal a 4.200 euros el kilo y vinos Vega Sicilia y Chateau D’Yquem. Con auxilio de otros poderosos, pretenden irse de rositas. Dios y la Justicia quieran que no lo consigan. Y faltan por conocerse los favorecidos con créditos generosos concedidos por la cara. Pero falta poco.