Ya cansan las dos varas de medir. En la política, en los medios, entre los comediantes, en la intelectualidad, en el personal, en general. Extenuante y reiterado discurso que sirve generalmente para proclamar una supremacía de la que llaman izquierda frente a la denominada derecha en lo ético, moral, decoroso u honrado. Desespera ese discurso por mentiroso, parcial, demagógico, cínico y dañino. El último ejemplo lo tenemos delante. La diferencia de trato suministrado a los protagonistas de un asunto de trajes y otro de maletines. Los trajes de Camps y los maletines de la ugeté.

La batalla política entre los dos partidos que controlan la cosa arrancó el asunto de los trajes de Camps. La policía de Rubalcaba, entre cacería y cacería, puso en marcha la maquinaria. Decían que le había regalado doce o trece trajes por valor de 12.873 euros al presidente de la Comunidad Valenciana. Tres años de indagaciones de la Policía y de la Fiscalía, 19.000 folios en 59 tomos de sumario, más de 500.000 euros de coste de la investigación, el jurado, al final, declaró a Camps no culpable. Durante todo el proceso, un ejército de expendedores de carnets de demócrata, de certificadores de decencia pública, de predicadores de las buenas costumbres, elevaron el asunto a categoría de crimen de lesa humanidad.

La pasada semana nos enteramos por El Mundo de la penúltima de ugeté, un sindicato con exceso de bandoleros: UGT Andalucía compró un maletín de Salvador Bachiller, se lo entregó a un proveedor para que le fabricara, “en Oriente” (sic, con dos cojones),  700 valijas falsas, por las que pagó casi 100.000 euros que le cargó a la Junta de Andalucía como publicidad para “planes formativos destinados a desempleados”, y las regaló a los asistentes al IX Congreso regional ugetista. Y sumemos a este episodio la mangancia millonaria ya conocida del sindicato socialista con los ERES y demás, destapada por este ABC.

Todo el ejército de prohombres y promujeres de la moral pública han guardado silencio, o se han puesto de perfil, o han hablado en voz baja y con la boca pequeña. Han optado por la fórmula blandiblú de “dejemos trabajar a los jueces”, y casi siempre al hablar de este latrocinio remachan diciendo que, claro, lo de Gürtel y el PP es lo gordo, lo mollar. Gürtel que, por cierto, en alemán significa cinturón. Correa se dice “leine”. Error que vaya a usted a saber si es premonitorio de cómo termine la cosa.

¿Es tan difícil opinar por uno mismo, criticar los comportamientos por lo que tengan de malo en sí mismos, no en función de que el responsable sea o no de la cuerda de uno?. En España sí. Y casi siempre son los mismos. Y uno se harta de tanto maniqueísmo, y se cansa de tanta jeta. De aplicar dos varas para medir las conductas. Una blandengue, flexible y laxa, para los nuestros y otra dura, severa y rigurosa para los demás. Insoportable.