El ministro de Interior, Jorge Fernández Díaz, presentó hace un mes un disparatado proyecto de reforma de la Ley de Tráfico y Seguridad Vial al que no le hemos hecho suficiente caso. Y lo merece. Nos tienen muy entretenidos con lo habitual, o sea, con lo suyo, que ya saben que casi nunca es lo nuestro. De cuando en vez sale un ex, o dos a la vez, a tocarle las pelotas a los sucesores que eligieron ellos mismos, para animar el cotarro. O se montan una interparlamentaria, o una conferencia política. Para irnos despistando. Para colárnosla. Pero a lo que íbamos. Fernández quiere que los peatones que hayan cometido una infracción deban someterse a las pruebas de alcohol y drogas. Como lo leen.

El ministro, imbuido de un espíritu corcueril que asusta, nos quiere poner a soplar a todos. Lo estoy viendo. Se prepara un ejército de guripas al acecho de cualquiera, o sea, de todos. Y a la mínima, a soplar. Se repartirán por todas las esquinas. Se van a travestir de mendigos por un rato, a pie de semáforo, o sobre los pasos de cebra. Vestirán de repartidores de mala leche a la puerta de los grandes almacenes, o en el colmado. Vienen maderos a tutiplén a la caza del personal. Porque claro, cualquiera puede ir borracho, o fumado. Y no es plan. Fernández se va a montar una brigada antivicio. La columna pasada hablaba del espionaje a braga quitada. Hoy toca el control sin bragas y a lo loco. Los viandantes son una manada de sospechosos a los que hay que embridar. Poco importa si se vulneran los derechos esenciales del ciudadano.  Nada. A Fernández le importa una higa. Porque el ministro de la porra es probo, y no se mama. Pero nos quiere poner a todos a soplar. Fernández es como una noche ciega de luna y estrellas.

Esta nueva injerencia en la vida privada del personal tiene, claro, afán recaudatorio. Lo que quieren es que soplemos para levantarnos de nuevo la cartera. Como si no nos trincaran lo suficiente. La calle va a ser un trile. Fernández va a terminar enviando brigadas a nuestro dormitorio a ver si nos lo montamos de uno en uno, o de tres en tres. Quizá nos ponga un hilo musical recordándonos que la masturbación produce ceguera. En la cocina nos va a instalar cámaras para comprobar si el entrecot lleva excesiva grasa. No se ha enterado Fernández de que ya no hay parné para carnaza, y vuelven la mortadela y las croquetas. Y en la cama ya no quedan casi ganas. O si. La vida es una invención, pero al ministro de la porra lo que le gusta es el control sin imaginaciones. La vida con guión malo.

Tenemos derecho a la intimidad. Al secreto. A ser desconocidos. A que los demás, incluidos los ministros y la madera, no sepan lo que hacemos, mayormente los ministros y la madera. Tenemos derecho a mamarnos si nos place. A soplar el que le guste, pero no el garrafón vigilante del ministro, sino litro de marca. Fernández, que me recuerda a mi profesor de Formación del Espíritu Nacional (FEN), es un ministro que sobra. Y no es el único. Yo les ponía a soplar a ellos. A los ministros. Igual surgen sorpresitas.