El PSOE ha vuelto. Lo dijo Rubal, que no acaba de llegar ni termina de irse. Y es verdad. Pero ha vuelto el PSOE de las tinieblas que lideraba González, el de los bonsáis, con Rubal de mamporrero escuchando y viendo lo que decíamos y hacíamos todos. Y de vocero del Gobierno que ocultaba la basura del crimen de Estado y la corrupción, reventando lo que podía a los jueces que buscaban la luz. Ha vuelto el PSOE que reclama la impunidad de la golfería patria. Rubalcaba, un hombre aún joven que parece que nunca ha sido joven. Ahora en defensa de los de UGT que se lo han llevado calentito. Su acumulan las pruebas del trinque a mansalva, pero ya escribió Sciascia en su “Teatro de los sueños” que no hay pruebas en contra cuando se quiere creer.

Arrecian los indicios. Hay diluvio de ellos. Cualificados mandos del sindicato sociata se quedaron el parné de los parados, esquilmaron la tela de los andaluces, trincaron subvenciones que no debían, se lo montaron de gambas, camarones y birra en la Feria, a nuestra costa. En todas las ferias. Y Cándido Méndez y su tropa, ahora con el auxilio de Rubal, defienden a los corruptos de casa con el argumento de siempre del PSOE: que si atacan  a UGT por defender a los trabajadores, que la prensa secunda una estrategia política del PP, que hay una campaña feroz contra los trabajadores, que ellos se enteran de todo por la prensa que miente. He aquí las pamplinas de siempre. Solo le queda a Rubalcaba convocar una rueda de prensa sin preguntas junto a Almudena Grandes para criticar a la juez Alaya por ser guapa, vestir como le place, maquillarse a su gusto, no tener pinta de cansada por la mañana, estar buena y no ir al curro en autobús. Sería el remate. La repanocha.

Sí, vuelve el PSOE. Me da que Rubal, como no ha podido cargarse el partido, aunque tesón y empeño ha puesto en la causa, se quiere hacer un partido a su medida. Pero se le ha adelantado una reina del sur. Y le van creciendo los enanos. Tiene Rubal algunas de las condiciones que Aristófanes, el comediógrafo griego, creía que necesitaba un gobernante: un carácter perverso, un rostro increíblemente descarado, incluso una voz terrible. Sí, muchas de las cualidades necesarias para gobernar. Pero no ha sido capaz. Y ahora, abrazado a los corruptos del sindicato hermano, avanza hacia el abismo. Abrazado a la reina que le prepara el final dándole cuerda para ahorcarse. Y se resiste. Y busca el triunfo en volver a lo que fue: o sea, la nada. O el todo de la peor de la política. La reivindicación de la impunidad de los golfos de su entorno. E inevitablemente vuelvo a Gandolfini, mi Soprano favorito: “Yo estaba en ello, mis amigos estaban en ello. Tal vez fuera demasiado vago para hacer otra cosa. Pero me es igual que me tengan miedo. Dirijo un puto negocio, no un concurso de popularidad”. Sin reparar que hay negocios que se van al traste si se gestionan mal. O si se dejan pistas. Porque a veces surgen periodistas que buscan la verdad. O una juez que pilla el hilo. Y entonces la mierda te arrastra hacia abajo, según fluye el dinero hacia arriba. O sea, la vida misma. Un déjà vu.