Ya van dos años de Rajoy y su Gobierno. He aquí un Ejecutivo de liberales que no lo son, una manta de santurrones que presentan como modernidad su obsolescencia, una copa de registradores de lo público atildados, y atildadas, que nos sacan los cuartos hasta dejarnos en pelotas. Van dos años en los que la mayoría absoluta que pudo ser la gran herramienta o palanca del cambio verdadero del sistema sólo ha servido para consolidar un Estado ineficiente, un déficit que no se embrida de veras, una presión fiscal insoportable y unas instituciones que siguen a los pies de los caballos.

Nunca nadie en democracia en España había consolidado tanto poder nacional, autonómico y municipal como el PP de Rajoy. Algunos creímos, ¡ingenuos!,  que iba a darle la vuelta a la cosa. Que no sólo iba a abordar las reformas económicas y estructurales para hacer de España un Estado moderno y viable, sino que además iba a aprovechar ese bagaje para abordar y culminar de una puñetera vez una regeneración democrática que nos prometen, pero nunca llega. Y nada. Nada de nada. Nasti de plasti. Vale que no nos han intervenido. Pero tanto vendernos la cantinela del control del déficit y el mantra de que no podemos gastar más de lo que ingresamos, para llegar a un 6,5% del PIB ya comprometido y haber recibido una penúltima advertencia de los que manejan el cotarro de que tocan más ajustes. Más. Y el paro desbocado. Y los cargos a dedo también. Y España gastando 70.000 millones más de lo que ingresa. Y la peña pobre. Y la banca, que siempre gana, rica, como siempre.

Los últimos días han sucedido tres cosas que simbolizan como nada el fracaso de este Gobierno. El escandaloso reparto del botín del Consejo General del Poder Judicial. Uno más. Otra vergüenza. El frenesí controlador, sancionador y recaudador de la nueva Ley de Seguridad Ciudadana, que deja en pañales la Ley Corcuera, partir de la cual, como se pongan, nos van a reventar a multas y quizá hasta nos van a llevar a la trena por un quítame allá esas pajas. Vamos, una Ley que ni Alonso Vega y Garicano Goñi, los de Franco. Y la irrupción de los guripas municipales, con chalecos anti balas, en el Mesón de Luis Candelas, 64 años después, para reclamar la licencia de los trabucos de 1837 que portan los camareros. Una orgía de dislates. O sea, la descojonación.

Rajoy, un hombre honrado, seguro, y plano, y sin capacidad alguna de liderazgo, ha tirado por la borda un capital político que nadie va a tener ya en mucho tiempo. Porque se ha olvidado de la política. Se ha limitado a gestionar los intereses de su casta, a dejarlo todo como estaba, a sentarse con el puro esperando a que escampe. Y ahora dicen que  hasta ha dejado el puro. Y como siempre, los dos segundos años de la legislatura a preparar el nuevo programa electoral, la nueva lista de mentiras, a retocar los impuestos y a vendernos la moto de nuevo. Y el lío del agujero negro de las pelas del partido, que aún no ha terminado. Y en este plan. O sea, dos años, y un fiasco.