He vivido muy de cerca el drama. He escuchado el estruendo del pánico de mujeres y niños revuelto con el aquelarre de olas gigantes que engullen seres humanos como cualquiera le da un bocado a una sardina. El horror de Lampedusa es ya un olvido. Se quedó corto el Papa Francisco al calificarlo de “vergüenza”. Lo sucedido es abyecto, infame, indecente, obsceno, abominable, degradante. Ante el horror,  los dirigentes políticos europeos van tan descuidados de moral, los tíos.

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Pero no se trata solo de Lampedusa. No se trata solo del Mediterráneo. Lo mismo sucede en el Estrecho y en el Atlántico. Todas estas aguas han engullido en el último cuarto de siglo más de 50.000 seres humanos. Aunque nunca sabremos de verdad la cifra real. Ni siquiera somos capaces de elaborar este censo de luto. Son aguas con olas que convierten la mar en un cementerio del oprobio para el primer mundo. Decenas de miles de personas, niños, mujeres y hombres que malviven en sus países comiendo mierda y se juegan el pellejo porque si llegan a la costa, tienen fe en que nuestra mierda sepa mejor. En manos de unos competentes canallas dedicados al tráfico de seres humanos se embarcan en viajes que en el mejor de los casos, si no se los jala el agua del mar, dará con sus huesos en un campo de internamiento, en la mísera clandestinidad de la vida sin derechos o directamente en la trena. En sus países de origen, los nadie, aquellos nadie de los que escribió Galeano, comparten afanes, pobreza y peligros. Sueñan con salir de pobres y con que llueva a cántaros la buena suerte, pero la buena suerte no llueve ayer, ni hoy, ni mañana, ni nunca. Los nadie, los hijos de nadie, los dueños de nada, los ninguneados, los jodidos, los rejodidos, viven gobernados por tiranos corruptos y sanguinarios. Controlados por policías costeros que se forran mirando para otro lado. Terminan en manos de mafias que les tratan como mercancía y los embarcan en una travesía hacia el infierno en condiciones de viaje insufribles. Y los gobiernos y buena parte de los ciudadanos del primer mundo bandean cada catástrofe con buenas palabras que tranquilizan sus conciencias. Y los nadie siguen muriendo la vida. Peor que perros.

Ya se que hay héroes del mar, funcionarios y voluntarios que hacen lo que pueden. Lo contaba el domingo en ABC Angel Expósito, siempre atinado. La Armada Española, la Guardia Civil, Salvamento Marítimo, Cruz Roja y algunos más cuentan con héroes que salvan a muchos. En silencio. Conozco personalmente a varios y he vivido junto a ellos un rescate de 42 personas, entre ellas un hermano mío del alma, en la costa mauritana. Tienen mi respeto y mi admiración. Pero no es suficiente. No podemos esperar a la próxima. Es intolerable e insoportable el volumen de ese cementerio acuático. Es un reto pendiente para el primer mundo en el que vivimos. Nuestra pobreza de hoy es una risa comparada con la miseria de los nadie. Los prebostes del G-20 y toda esa mandanga debieran ponerse manos a la obra. Aunque no va a suceder. Pero si cada día se lo recordamos, cada día, no cada día de catástrofe, igual llega la hora en que recuperamos nuestra dignidad. Esa dignidad que yo envidio de los nadie, que la tienen de sobra.