Doctrina Parot aparte, con el editorial de ABC en el que se dice todo. Ahora que la peña está sedienta de sangre. Ahora que el personal no escucha, porque solo ansía bronca. Ahora que tantos cada día insultan, degüellan, machacan, persiguen y masacran a quien se les pone en gana. Ahora, cuando necesitamos tanta verdad. Cuando los grandes medios sufren en la estrechez y destilan docilidad ante los poderes. Cuando la libertad de información se ensancha. Cuando el periodismo se confunde con el derecho de cada uno a contar lo que apetezca, sin contraste mínimo. Cuando las redes posibilitan el anonimato de tanto cafre intelectual. Cuando crecen como setas medios digitales en los que se refugian sacamantecas ansiosos de víctimas. Cuando vienen mal dadas y el personal quiere sangre fresca cada día. Ahora, el derecho al olvido es un gran tema.

¿Derecho al olvido?. Sí. Derecho a que te dejen en paz. Derecho a que tu pasado, por oscuro que sea, no te persiga cada mañana, destrozándote a diario y forzándote a ser esclavo de un error, de una cagada o de una canallada de la que has sido víctima, y que te perpetúa de culpable sin serlo. Derecho a que desaparezca del mapa en este mundo digital, tan apasionante, beneficioso y tan cabrón, cualquier información que te afecte, ya arcaica o desfasada,  que influya en el libre desarrollo de cualquiera de tus derechos fundamentales. Hay un derecho esencial, que es el que todo ciudadano tiene a vivir en paz. Incluso quienes han delinquido, o quienes se han equivocado, una vez saldadas sus deudas o remediado el error.

Cuando vivíamos en un mundo analógico, funcionaba de modo más o menos razonable la posibilidad de corrección, de hacer borrón y cuenta nueva y poder vivir y recomponer tu fama. Ahora no. Ahora impagas, o te multan, o te surge un enemigo digital que te masacra con mentiras repetidas, o algún envidioso quiere perjudicarte difamando una falsedad y Don Google se encarga de que aparezcas para los restos, cada segundo de cada minuto de cada hora de cada día, en boletines, registros, listas, confidenciales miserables y demás bazofia que circula por la red sin que nadie pueda remediarlo. Y pasan los años y ahí sigues. Pagaste la multa, o la deuda, y Don Google sigue masacrándote. Y la mentiras publicadas, que el canalla se negó a desmentir, con el paso del tiempo cunden, y la pátina del paso de los años incluso les puede otorgar una credibilidad que termina por convertirse en autenticidad.

Hay millones de casos. Millones de personas, o de empresas, arruinadas para siempre. Incluso el delincuente que cumple su condena y salda su deuda tiene derecho a vivir en paz. La Justicia, tan lenta, tan desesperante e injustamente parsimoniosa, no termina de dar el paso para garantizar el derecho al olvido. Ya sé que cuando colisionan derechos fundamentales la cosa no es sencilla. Lo están estudiando. La jurisprudencia nacional e internacional es dispar, y contradictoria. Cuando lo resuelvan, aquí o en la Unión Europea, muchos tendrán jodida la vida ya para siempre. Y no hay derecho.