Aznar baja el diapasón. García escudero se olvidó de declarar a Hacienda un crédito. Los de los ERE cada día sangra más. Vaya semanita intensa. Y con Antonio Miguel Carmona y su pillada a mí me pasa como al amigo y vecino Gistau, que no me ha escandalizado escucharle lo del discurso teledirigido. No soy de los que fingen asombro. Porque lo que me escandaliza del este asunto, con diferencia, es escuchar a tanto compañero de oficio, teóricamente no sometido a ninguna obediencia debida, tirar de argumentario, previo por escrito, o en directo por whatsapp, y ser sumiso a la consigna de un partido por interés. O por motivos espurios. Vaya usted a saber.

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Consumada la pillada a Carmona, he estado una semana muy atento a la pantalla, y a la radio. Me habré chupado un año de tertulias, más o menos, pero dentro de  la misma semana. Me he asomado a ese ventanal de palabras con mucho ojo y oídos finos. Ya sabía que los políticos, como todos, tiran de sinceridad  sin límite, pero si  piensan que nadie les está grabando. Tampoco tenía duda de que los políticos se ajustan al argumentarlo y a la estrategia oficial en las corralas. Analizadas las palabras de Carmona en su cagada, y las críticas de decenas de periodistas y presentadores en tertulias de todo pelaje, lo tengo claro: me quedo con Carmona antes que con más de uno de mis colegas de profesión. No tengo dudas de que el vagón en el que le han metido para enviarle al averno es un compartimento que va abarrotado. No cabe un alma. Y además, a la vista de su reacción, confirmo mi superior admiración por  los boxeadores que son capaces de aguantar golpes y golpes antes que por aquellos capaces de tumbar al rival de un guantazo de primer asalto.

Algunos colegas me van a poner a parir. Sobre todo alguno que yo me sé, cansado de agachar la cerviz. Quizá alguno me envíe un puro de regalo par de puros. Pero yo no fumo habanos. Me van otros humos. Y las diablas que bailan boleros en La Habana con el cofrade Angel Antonio Herrera. Y en esta noche ciega de luna y estrellas que a veces me parecen las tertulias a las que acudo, y pienso seguir acudiendo, prefiero a Carmona, que no me engaña aunque coloque el argumentario, la proclama de su partido. Y no me gustan los que, envueltos en un aura de independencia, aferrados a una falsa autonomía de criterio, empuñados a una neutralidad de pacotilla, intentan vender la mercancía adquirida en el mercadillo de la compraventa de favores. Favores al partido, o a la empresa. O a las dos a la vez. Y siempre con cara de yo no fui. Y con tono de independencia.

Y me gusta, además, el personal que no pone cara de inocencia a su culpabilidad. Como Carmona. Ha explicado lo sucedido. Nadie le ha creído. Pero Carmona tiene talento y sentido del humor. Ante las críticas severas de los obedientes que se ponen estupendos, en el programa de Ana Rosa tuvo los huevos de decirle a una: “Antes de responderte espera que lea un whatsapp”. Yo le envié uno. No digo lo que escribí. Lo sabe mi amigo. Carmona.