El fiscal general del Estado, cinéfilo acreditado con una carrera profesional brillante, está a dos telediarios de ser como esos personajes de serie B que acaban siempre estropeando su biografía. El sabrá. Cada uno somos guionistas y directores de nuestra propia vida. A mí, la verdad, me tiene despistado. Con los imputados, que son legión ya en esta España nuestra que tantas veces invita a meterse en clausura, los fiscales aplican doble rasero. Y eso no está bien. Muy severos con unos y excesivamente blandiblús con otros. No juzgo ni condeno, pero tengo criterio propio. Me malicio que con Gürtel conviene mano dura, porque los que han palmado hasta ahora son de segunda fila. El terzo livello, los jefes de la cosa suya, los peligrosos del asunto, no han salido a flote. Y conviene ejemplarizar. Bárcenas, Correa, Crespo, Pérez y los demás tienen veinte ojos de toga en la nuca. Los otros se van a ir de rositas. Y con la gran estafa de las preferentes, el escándalo de Cajamadrid/Bankia/Blesa, o Urdangarín, la Fiscalía se ha travestido demasiadas veces en defensa. Y no hay dios que lo entienda. Y no es sólo la pinta. Sé muy bien que los iletrados sólo perciben con la vista. Hablo tras la lectura, abultadísima, de tanto sumario. Que agota. Prefiero la poesía de los malditos.

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Coleccionamos días en esta vida de corrupción y no tenemos ninguno repetido, aunque a veces lo parezca. Como mi admirado Matías Antolín, soy del partido de los que no estamos seguros de tener razón. Esta semana la muerte de James Gandolfini en Sicilia me ha apenado, aunque haya partido en el viaje definitivo desde Sicilia, como corresponde a un Soprano. Y me ha hecho pensar, mientras revoloteo en la mierda que nos inunda, en que aquí no pasa como en la mejor serie que jamás he visto: ellos presumen de joder sólo al que merece ser jodido. Aquí la cosas son diferentes. Y nos falta el Bada Bing repleto de diablas.

Pero Montoro, que con el escándalo de los “denesis” de la Infanta se carcajea menos, ha evidenciado que no es sólo la Fiscalía. Lo de Hacienda da miedo. Sí, miedo. Aunque puede que al ministro le pase como a Tony Soprano cuando decía: “Me da igual que me tengan miedo. Dirijo un puto negocio, no un puto concurso de popularidad”. Sólo que aquí el negocio lo han hecho unos pocos. Por el medio van a empapelar a los pringados. Y los que se lo han llevado de verdad se van a partir la caja resguardados del sol caribeño o marbellí por una sombrilla fabricada con billetes de 500 euros. O de 200.

Montoro tenía acreditada su capacidad de violentar normas esenciales de conducta de un ministro de Hacienda. Pero los últimos diez días ha superado todos los récords con una serie de trolas y engañifas que le dejan a uno el cuerpo del revés. La conducta de Hacienda en el caso de la ciudadana 00000014Z es de aurora boreal. Donde dicen errores se vislumbran mentiras y delitos gravísimos. No hay fantasmas, ni conspiraciones. Hay un escándalo mayúsculo que inhabilita al responsable máximo del dislate. O sea, Montoro. Se ha convertido, él mismo, en un agujero negro. Y entre la Fiscalía, Montoro y compañía, el crédito de las instituciones está para el arrastre. Y Montoro no está en condiciones. No. Debe irse.