La política de comunicación del Gobierno tocó fondo el viernes 26 de abril, aquel en el que Santamaría, Guindos y Montoro se rindieron ante las cifras insoportables de desempleo. Ahora tratan de sacar cabeza. Arriola le ha dado una sesión de palabras, una palmada de ideas a su cliente, Rajoy. De modo que ahora andan todos vendiendo nueva mercancía: “No es para tanto, saldremos”.

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Entre tanto desastre, el Ejecutivo tiene cabreados a casi todos los grandes grupos de comunicación a cuenta de la tangana que ha organizado por el futuro de los canales de TDT tras la sentencia del Supremo que se cargó los últimos manejos de Zapatero a favor de su sexta columna de amigos.

El PP tiene además vetados a algunos programas de televisión (ya lo hizo en la radio). Moncloa ha prohibido a los miembros del PP acudir a “El gran debate” de Tele 5 y a “La Sexta Noche”, los sábados, y también a algunos programas de Cuatro. Pese a que cada semana invitan a alguien, y los invitados quieren acudir, presidencia se opone. Y los populares invitados discrepan, pero se cagan y no acuden.

Y se extiende la moda entre políticos y periodistas de poner a parir a los medios, sobre todo televisivos, que dan voz a personas que critican el sistema, que se expresan en contra del statu quo, o que, desde dentro del sistema, le dan duro a quienes controlan la cosa. Tele 5 es la bestia, pero no sólo Tele 5.

Ahora están Ada Colau, Sánchez Gordillo, Verstrynge o independentistas catalanes y vascos en el centro de las dianas. Consideran indignante que se les permita expresarse. No les parece aceptable que haya medios dispuestos a debatir y escuchar todas las posiciones. Entienden la libertad de modo más que peculiar. Ignoran, o quieren ignorar, que la libertad de expresión, o sea, la información veraz y las opiniones plurales, están en el derecho de los ciudadanos.

El periodismo sí que está en crisis. Hay demasiados informadores que no cogen el teléfono, no vaya a ser una noticia. Demasiados periodistas que darían la noticia de una bomba atómica entre los anuncios de contactos. Demasiados colegas al abrigo del poder, siempre prestos a recibir un puro de un amigo, pero temerosos de dar una noticia si incomoda a un poderoso.

Yo me quedo con la Constitución, que en su artículo 20 protege el derecho a expresar y difundir libremente los pensamientos, ideas y opiniones mediante la palabra, el escrito o cualquier otro medio de reproducción. Que prohíbe ningún tipo de censura previa. Que garantiza el respeto al pluralismo de la sociedad y de las diversas lenguas de España. Creo en el derecho a discrepar y a protestar. Y en el respeto a las minorías. Creo, en fin, en el periodismo. Lo daría todo por entrevistar al diablo. Me quedo con la libertad. O sea, con escuchar a Ada Colau, Sánchez Gordillo, Verstrynge, los independentistas y los antisistema. Porque no pienso como ellos, quiero escucharles. Prefiero Tele 5, aunque muchas cosas de la cadena no me gusten nada, antes que el pensamiento único. Porque me gusta el periodismo, amo la luz del sol igual que odio las habitaciones cerradas.