No es de ahora, pero reasoma la moda, a remolque de esta situación de desastre. Hasta ChezReal se lanza. O Sacaluga. Da igual. Se impone el pacto. De Estado. Entre los dos grandes partidos, aunque sean responsables de la cosa. Y de todos los demás. Un gran pacto de Estado, en fin.

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Padecemos consecuencias diversas de una Transición idolatrada en la que se hicieron muchas cosas mal. Entre ellas, el gran pacto para crear unos formidables aparatos burocráticos de poder concentrado en unos pocos, pero financiados con el dinero de todos: los partidos, los sindicatos y la patronal, esencialmente. O sea, organizaciones controladas por unas reducidas cúpulas de dirigentes que concentran el poder en unas decenas de personas que se distinguen por propiciar el mantenimiento del statu quo y los privilegios propios, la discrecionalidad en el ejercicio del poder, y la opacidad en la gestión de lo público. Y donde cunde el miedo a contrariar al jefe.

¿Un pacto entre ellos? No parece sensato creer que los grandes partidos, los sindicatos y la patronal, vayan a pactar modificar un sistema que ellos creen que les beneficia, aunque la realidad sea que cada día están más a los pies de los caballos,  produciendo un daño severo a todos los ciudadanos.

Antes de nada habría que exigirles que, sin pacto que valga, se pongan a cumplir la Constitución, como exigen ellos a los demás, y apliquen el artículo 6, que dice muy clarito que la estructura interna y el funcionamiento de los partidos deberá ser democrático. Y que en el legislativo los diputados no tengan más obediencia debida que su compromiso con los ciudadanos, no con los pocos mandamases que deciden quién va o no va en las listas. Ya saben, elecciones primarias democráticas en los partidos, circunscripciones uninominales, listas abiertas, adiós a las subvenciones, financiación transparente a través de afiliados y simpatizantes. O sea, lo que no se hace, porque no les conviene.

¿Pacto de Estado? Para entendernos, ¿pacto entre los cinco que mandan en cada casa para que todo siga igual mientras incumplen asiduamente el pacto esencial que hacen con el electorado a través de los programas? ¿Pacto para preservar sus intereses? La Transición parió un régimen que se ha agotado. El bipartidismo que padecemos está en coma, terminal. Los pactos de las cúpulas, apoyados eficazmente por las grandes corporaciones cómplices del mantenimiento de este régimen, son las que nos han llevado al borde del abismo. Por más que se aferren a lo suyo, la peña se desborda.

¿Pactos de Estado? Necesitamos es la regeneración democrática de verdad, pero ya mismo. Los cambios que reclaman los unos y los otros cuando están en la oposición y de los que se olvidan la misma noche que ganan las elecciones, antes de autosecuestrarse en La Moncloa.

No da más de sí es el actual sistema. Hay que ponerlo patas arriba. Estamos en el Siglo XXI. Aunque algunos sigan en los 70. Me temo que, afanados en mantener su chiringuito, no leen historia. Para qué, aunque todo está escrito. Esto se acaba. Cuanto antes se quieran enterar mejor será para todos. O lo cambian ellos o los van a cambiar a ellos. Antes de pactar.