Retumba el eco del “aznarazo”. El lunes hubo segunda ración. Más suave. Dicen que a Aznar muchos le echan de menos. Entre los votantes del PP, entre la militancia y entre los mandos del partido. Entre estos últimos hay miedo a evidenciarlo. De modo que el silencio ha sido atronador. Porque Aznar ya no manda. El PP es una organización férrea. Manda uno. Antes era Aznar. Ahora es Rajoy, “el lánguido resignado”. Lánguido puede ser. Y quién sabe si resignado. Pero tiene un estilo de mandar sin que se note, y no perdona una. En esto es siciliano: la venganza es un plato que se sirve frío, y aún sienta peor si se le obliga al enemigo a engullirlo helado. Ahora bien, Rajoy no es gilipollas. Y es mal enemigo. Ha dejado pasar el aldabonazo. Menos alguna cosa, claro. Y por ahora le ha dejado al antecesor en su sitio: en sus business. Porque en eso es en lo que anda. De consejo en consejo. De charla en charla. Ganando tela. Hasta le ha fichado ahora el despacho al que contrató, pagando nosotros claro, para que le dieran una medalla en los EEUU.

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Aznar, muy  afeitado, y muy macho, se nos presentó como salvador de las esencias patrias. Se puso estupendo. Nos dijo todo lo que debe hacer Rajoy. La lástima es todo lo que él hizo, y lo que no hizo, durante los ocho años que presidió el Gobierno. No democratizó el partido. Puso a Cascos a vigilar el aparato. En sus épocas se puso en marcha una maquinaria corrupta e inmoral, y veremos si ilegal, de colegas que se lo llevaron crudo. Consagró su estilo de colocar desde lo público en lo privado a los amiguetes, a forrarse arruinándonos. Acunó burbujas varias. Regó de euros a los nacionalismos soberanistas. Aparcó la educación. Se pasó por el forro la regeneración. Celebró una boda de luces cegadoras. Nos metió en una guerra ilegal basada en una gran mentira. Puso los pies encima de la mesa y se fumó un puro. Acertó cogiendo el petate. No abordó un relevo generacional necesario. Decidió en contra de todos, con un par y un cuaderno azul, el encumbramiento  de Rajoy, al que conocía más que bien, y que ya era Rajoy. Y le hizo un último servicio al lánguido elegido, y a su partido, con una gestión calamitosa del 11-M que le llevó a la derrota frente a ZP.

Este es el hombre. El del “aznarazo”. Le ha planteado un reto a Rajoy, que ni se ha inmutado. El presidente ha encajado el golpe. Sabe muy bien que él no depende de Aznar, ni de los suyos, porque son los suyos los que dependen de él. Y gobierna con mayoría absoluta. Esto es el PP, amigos. Manda el que manda. Y los demás, a callar. A Ansar, que le decía Bush entre bomba y bomba, le ha podido la soberbia. Tiene un elevado concepto de sí mismo. Y de la familia. Rajoy, a la vista del resultado, le comentó el fin de semana a uno de sus hombres de confianza: “Ahora, que vuelva a intentarlo. Igual me ha hecho un favor”. O sea, dicho en román paladino, “si tiene cojones que vuelva”. Que busque un golpe de estado interno en Génova. Que se monte una corriente interna. O ya puestos, que se monte un partido. O dos, si son pequeños. Porque sí, puede que tuviera razón en muchas de las cosas que dijo. Pero Aznar perdió su sitio. Está jodido porque no le gusta cómo evolucionan en los juzgados la Gürtel y el caso Bárcenas. Se huele la tostada. Y se muere por influir. Aunque se sepa jarrón chino de lujo.

Aznar bajará el diapasón de la crítica. Hará algún gesto, incluso. Lo más sorprendente de todo es que en el PP nadie haya tenido valor para decirle al macho alfa lo que le tenían que decir. Ese es el peor síntoma. Ahí Rajoy ha flojeado. O no. Recuerden: Sicilia. Demasiada Sicilia en esta España nuestra. Demasiada.