Todo aquello que está debajo de la tierra  termina el tiempo sacándolo a la luz. En política, lo inexplicable siempre tiene una explicación, pero oscura. Fea. Sucia. Lo inexplicable, lo que trata de mantenerse en secreto, es únicamente lo que tiene una explicación, que naturalmente se nos quiere ocultar. Y nuestros principales líderes políticos se han dado al secreto. Se reúnen entre tinieblas. Nos hurtan la información. Disponen de la cosa como si fuera suya. Se han olvidado de que son representantes de los ciudadanos. Ya lo dijo Guerra, el hermano de “mienmano”: La política es puro teatro. Sí. Es verdad. Pero se olvidan de que el teatro se escenifica frente al público, que aplaude en el patio de butacas, o aclama, o silba, o patea y hasta lanza tomates, si hay tomates a mano. El teatro de este personal de quinta se escenifica entre bambalinas. En secreto. Ocultos a quienes pagan la entrada. Para el escenario dejan una lectura anodina de guión. Sin corregir. O sea, un concepto anormal, perverso, incluso monstruoso, de cómo se gobierna en democracia.

21 de marzo: Rajoy se reúne en secreto con Artur Mas en la presidencia del Gobierno. Las relaciones entre Cataluña y España bajo el mantel. 7 de abril: Rubalcaba se reúne en secreto con Artur Mas en la sede socialista de Ferraz. Una propuesta de reforma constitucional de tapadillo con el problema catalán de fondo. 10 de abril: Rajoy recibe en secreto en La Moncloa al lehendakari Iñigo Urkullu. La negociación del cupo vasco a hurtadillas. El jefe del poder Ejecutivo, dos presidentes autonómicos y el líder del principal partido de la oposición liquidando asuntos esenciales, nada banales, a escondidas de los ciudadanos. Política opaca.

No estamos hablando de tipos que ventilan sus cuitas personales, que se arreglan o se cabrean por asuntos personales. No es nada personal. Se trata de autoridades del Estado, de representantes elegidos en las urnas que negocian en secreto, entre tinieblas, asuntos esenciales para el presente y para el futuro inmediato de todos. Hablamos de actores principales de esta obra de teatro que es el sistema democrático que ellos han  convertido en farsa. Dramática. Pero farsa.

Lo normal y deseable sería que entre el presidente del Gobierno, el líder de la oposición y los presidentes autonómicos se produjera una relación fluida de reuniones frecuentes con luz y taquígrafos para colaborar con lealtad institucional en la solución de los problemas. Pero aquí no. Aquí hay un Congreso de los Diputados. Una Conferencia de Presidentes. Unos Parlamentos autonómicos. Y,  al final, el bacalao se reparte en reuniones secretas que después se filtran al periodista que les conviene, según cada caso. No sabemos de la misa la media, aunque sepamos latín.

Siguen a lo suyo. Que, reitero, casi nunca es lo nuestro. Y como les sale gratis, pues se la suda. Se la trae al pairo. O sea, mantienen la nave estática con respecto al fondo. Si hay marea de arrastre, mantienen la embarcación cara a proa y con poca superficie de velas para así contrarrestar el impulso y quedarse en el mismo sitio. Hasta el naufragio de todos. No se salvan ni ellos. Eso sí, nos dicen que están  preparando una Ley de Transparencia. Ya. Que risa. Entre tinieblas.